Hoy me quiero referir a las personas a las que les cuesta trabajo decir que “no”. Hay muchas personas que por temor a ofender, por temor a perder el cariño, por sentirse con culpa, por distintas razones, no dicen que no y aceptan cosas que después no les gustan.

Por ejemplo, “¿este sábado te podés quedarte para cuidar a los nenes desde las 9 de la noche hasta las 4 de la mañana?”. “Sí, con todo gusto. ¿Cuántos son?”. “Bueno, son dos y dos amiguitos, son cuatro”. Entonces, vos tenías un programa y lo que querés hacer el sábado a las 10 de la noche realmente te produce, bueno, te produce bastante mal humor.

Y acá es donde está la diferencia entre tres formas de decir que no. Bueno, una de las formas te dicen: “Bueno, ¿querés hacer tal cosa?”. Sí, es una de las formas de reaccionar. “Bueno, sí te lo voy a hacer, qué sé yo”. Es decir que es pasivo. Y te quedas con todo el fastidio. Hace mal a la salud.

La otra es ser agresivo. “¡No, no me vengas con eso!”. Eso es una forma de decir que no, que no facilita el vínculo con las demás personas. Y, después, está la asertividad, que es la forma de defender tus derechos sin molestar al otro. Si vos acostumbras a la gente a hacer cosas que no tenés ganas, la gente lo va a seguir haciendo y vos te vas a seguir resintiendo.

Al igual que hoy le hablo de aprender a decir que “no”, le recuerdo cuando hablamos de la resiliencia. Es decir de cómo nos podemos sobreponer a las cosas que, aunque lo intentemos, no salen como lo esperábamos.