Gal Gadot sigue adelante con el proyecto que le permitirá cumplir uno de sus sueños profesionales: llevar la vida de Cleopatra a la gran pantalla. Por el momento no puede dar demasiados detalles acerca del filme que la reunirá con Patty Jenkins, la directora a cuyas órdenes se convirtió en una estrella gracias a la adaptación de Wonder Woman. Sin embargo, ha prometido que esta vez se le hará justicia a la reina egipcia mostrándola como algo más que una mujer fatal.

“Es un ejemplo perfecto de una historia que quería contar porque empecé a leer libros sobre Cleopatra y me dije: ‘Vaya, es fascinante’. Todo lo que había visto de ella en el cine era que se trataba de una mujer seductora que tuvo una aventura con Julio César y Marco Antonio. Pero la verdad es que fue mucho más que eso”, ha desvelado en una nueva entrevista. “Esta mujer estaba muy adelantada a su tiempo. Egipto y lo que Egipto era entonces siguen pareciéndonos futuristas desde nuestro punto de vista actual”.

En el cine, la imagen de esta figura histórica ha quedado asociada irremediablemente a la de la actriz Elizabeth Taylor gracias a la película de 1963, pero desde entonces las cosas han cambiado mucho en Hollywood y ya no se considera una práctica “normal” ni aceptable que se elija a intérpretes blancos para meterse en la piel de figuras históricas de color.

PREPARA FILME

Netflix, por ejemplo, se decantó por una actriz británica birracial para convertirse en Cleopatra en la serie sobre reinas africanas de Jada Pinkett Smith, y una vez más hubo quien criticó la elección por su color de piel: en esta ocasión, para muchos era demasiado oscuro a pesar de que el aspecto de Cleopatra sigue siendo un misterio debido a su ascendencia griega macedonia y la falta de información que se tiene sobre su madre.

Originalmente, la noticia de que Gal Gadot había elegido protagonizar su película sobre Cleopatra causó un gran revuelo porque implicaba que sería una intérprete israelí quien se convertiría en la gobernante del Antiguo Egipto. Ella defendió esta decisión apoyándose en el argumento de que “la gente es gente” y, por tanto, en teoría cualquier artista puede entender la experiencia de otra persona sin importar si sus orígenes o su religión coinciden