Era un día caluroso de julio del año de 1980. Una joven mujer, delgada de ojos verdes, pelo lacio y corto de aproximadamente 38, años acompañada de sus cuatro hijos, con lágrimas en los ojos, se movía de un lado a otros del pasillo del segundo piso de la clínica del IMSS de Poza Rica Veracruz.

Cerca de las 11 de la noche, el médico de turno cruzó la puerta de la sala de terapia intensiva y se dirigió a buscar a la enfermera de guardia, a quien encuentra sentada en el área de recepción administrativa y le dice: señorita, avise a los familiares del enfermo de la cama 108 que acaba de fallecer. “Si Doctor,” contesta la enfermera. Enseguida, caminó al segundo piso y encontró a la señora Licha, a quien le dijo: “Señora, su esposo acaba de fallecer”.

La señora no respondió, paralizada por el mensaje su mente se trasladó años atrás, cuando vivían en la vecindad de la calle Azueta, en la colonia Manuel Ávila Camacho, muy cerca de la familia Aburto. La época de mayores conflictos vividos al interior de su familia, cuando su marido, popularmente conocido como el “El Chuper Negro”, preso de una enfermedad alcohólica, provocaba sobresaltos y sustos a ella y a sus cuatro pequeños hijos.

El “Chuper Negro” y Licha, eran de la ciudad de México. Allá se enamoraron, y Licha, aun conociendo el pasado delictivo de su amado, no le importo casarse con quien le prometía un cambio radical de conducta y la firme promesa de respetarla y cuidarla hasta la muerte. En el primer año de casados, nació la primera de sus hijas y al poco tiempo, por iniciativa de su esposo, se trasladaron a la ciudad de Poza Rica, tierra de bonanza y de promesa, por la explotación de sus campos petroleros. Eran los años sesentas, y Poza Rica comenzaba su despegue económico.

En tanto que el ingreso a Pemex llegaba, el Chuper Negro comenzó a trabajar en una tienda de abarrotes como empleado de mostrador. La tienda, se distinguía por sus ventas al mayoreo de manteca de cerdo, aceite suelto y todo tipo de abarrotes; el origen oriental de los dueños, mejor conocidos como “Los Chales”, les daba una identidad propia ante la clientela. Dicha tienda, se ubicaba en la esquina inmediata—rumbo al café Alcázar—enfrente de la zapatería “GE-CE-SA” cerca de la empresa de autotransportes “Flecha Roja”, luego conocida como “Estrella Blanca”.

Allí comenzó su carrera laboral el conocido “Chuper Negro”. Mientras estaba en su sano juicio, nuestro personaje era una persona amable y cortes. Al paso del tiempo, quizá por su intento frustrado de ingresar a Pemex, tal vez atrapado en los traumas de su niñez, el esposo de Licha, comenzó a beber, iniciando una carrera alcohólica meteórica y ascendente.

Físicamente, el Chuper negro era un hombre de piel morena, pelo crespo, mirada dura, nariz recta; su altura y delgadez contribuían a verlo como una persona de origen costeño y con frecuencia traía en sus labios un cigarro de la marca “Alas Extra”.

Una de las consecuencias de sus actos de mal juicio aplicados al interior de su familia fue decidir, que la hija nacida en el Distrito Federal, no recibiera los cuidados médicos indispensables, razón por la cual no fue vacunada contra la polio, desarrollando al poco tiempo la poliomielitis. Y entre sus parrandas alcohólicas y los momentos de lucidez, fueron naciendo tres hijos más: dos de ellos varones—uno de ellos llamado Horacio— y la última, una niña a quien llamaban la “Tesorito”.

La vida de esta familia fue un calvario. Para la esposa y los hijos. No me atrevo a detallar los actos de humillaciones y psicológico protagonizados por el Chuper Negro, porque supongo que resulta fácil imaginarlos, cuando se ha convivido con un miembro de la familia con problemas de alcoholismo. Prefiero dejarlo de así.

Lo relevante, es contar que este hombre, en algún momento acudió a los grupos de Ayuda Mutua como los grupos de Alcohólicos Anónimos, donde recibió la orientación apropiada para detener esta compleja enfermedad y con voluntad de hierro y sacrificios, pudo instalar un negocio de abarrotes sobre la avenida 20 de noviembre al que le llamó “Chuper Negro”. Negocio que progresó y se mantuvo en el gusto de la clientela pozarricense por muchos años.

Cuentan los que atestiguaron esto que, Horacio y su hermano, superando sus propios traumas infantiles, crecieron, siempre al lado de su madre, y sus dos hermanas, hasta llegar a convertirse en prósperos empresarios. Ellos consolidaron el negocio de su padre y lo diversificaron, invirtieron en el comercio y llegaron a ser dueños de varias bodegas.

El Chuper Negro, abandono este mundo en1980. La señora Licha, de vivir, debe tener 75 años. Los cuatro hijos, trabajan y gozan de cabal salud. Se han casado y sus hijos llenan de felicidad a doña Licha, la heroína de mil batallas, ahora convertida en una abuelita feliz Que así sea.