Por: Reynol Cristóbal Rivera Santana
En la tarde de un viernes, Saúl se encontraba en la terraza de su casa, la cual daba a la entrada de la casa abandonada. Mientras estaba tomando cerveza y la luz del sol se ocultaba cada vez más, se embriagaba hasta la medianoche, cuando vio a lo lejos un grupo de personas, lo que parecían ser de 7 a 9 miembros con capuchas y túnicas negras, entrar a la casa abandonada. Este se mantuvo atento a la situación, pero, como ya estaba un poco borracho, no le dio importancia y decidió irse a dormir.
A la mañana siguiente despertó y, recapitulando lo que sucedió, sabía que era normal que grupos de personas se adentraran en ese lugar. Sin embargo, lo que se le hizo realmente peculiar fue que estos hubieran entrado con capuchas y túnicas negras. Era bien sabido que había personas que se adentraban en ese lugar a practicar brujería. A cada pregunta que Saúl se hacía hallaba una respuesta lógica, que no sonaba extraña, pero, por dentro, se hallaba demasiado curioso sobre lo que había pasado. Decidió entonces que la semana siguiente se quedaría despierto hasta tarde para ver lo que sucedía.
Se llegó el día, y Saúl esperaba impaciente desde la terraza de su casa. Las horas pasaban, dando más de las doce de la noche, hasta que, de pronto, a lo lejos, entre la oscuridad, vio a este grupo de personas acercándose con sus túnicas y capuchas negras al lugar, pero ahora con una mujer joven que los acompañaba. Ella estaba completamente desnuda, tenía una piel muy pálida y un cuerpo muy delgado, con cabello rubio. Saúl, completamente inmerso en la curiosidad, decidió salir rápido y tomar su arma por si acaso, para perseguirlos y ver qué tramaban.
Al llegar, Saúl se escabullía en el lugar entre la maleza para que este grupo de personas no lo viera. Notó que los encapuchados se adentraron a la casa y decidió seguirlos más sigilosamente. El miedo y la adrenalina se apoderaban de Saúl, pero su curiosidad por saber qué pasaba era mayor. Los siguió hasta que notó que había una pared falsa que tenía un truco para poder abrirla. Al hacerlo, esta se abrió, y los miembros del grupo sacaron unas antorchas para encenderlas y bajar por lo que parecía ser un túnel. Para ese momento, Saúl ya se había detenido a observarlos más detalladamente y se dio cuenta de que eran siete personas, y todos los miembros del grupo llevaban máscaras de metal con rostros de animales: entre ellas búhos, zorros, alces, vacas, cabras, águilas, etc.
Al entrar en este túnel, Saúl los siguió silenciosamente, pero no fue hasta que, entre el silencio, se empezaron a escuchar tambores, sonidos que parecían salir de las paredes, que este grupo se apresuraba. Llegaron a una cámara iluminada por antorchas y, en medio de esta, había una mesa de mármol con forma de estrella. Saúl, congelado por el miedo, vio cómo la mujer desnuda se postraba sobre esta mesa, y los miembros empezaron a hablar en una lengua desconocida, iniciando así lo que parecía ser un ritual. Encendieron fuego alrededor de la mesa y la mujer comenzó a llorar, pero algo extraño sucedía: también parecía disfrutar del proceso. Fue entonces cuando el miembro con máscara de búho sacó un cuchillo, se acercó a la mujer y procedió a cortarle el cuello. Saúl estaba completamente atónito ante lo que estaba presenciando y, como pudo, huyó de ese lugar lo más silenciosamente posible para no ser descubierto.
Al llegar a casa, Saúl se dio cuenta de que se había orinado en los pantalones, así que decidió tomar una ducha. Mientras lo hacía, se desmayó. A la mañana siguiente, se despertó en el piso del baño y empezó a vomitar. Una vez que terminó, se preguntó qué era lo que había sucedido la noche anterior. No sabía si lo que recordaba era un sueño o realidad. Al mirarse al espejo, notó lo pálida que estaba su piel. Todo el fin de semana se lo pasó sin comer y delirando sobre lo que había sucedido.
El lunes siguiente, Saúl se presentó en la universidad con una apariencia demacrada y descuidada. Sus compañeros de salón se dieron cuenta de esto, pero nadie le dijo nada, hasta que su compañero Armando le preguntó:
—Hey, Saúl, ¿qué pasa? ¿Por qué tan demacrado?
Saúl, sin palabras para explicar lo que había pasado, miró a los ojos de Armando con una mirada vacía. Luego, procedió a pedirle hablar en privado y le suplicó que no lo juzgara. A la hora del almuerzo, y ya en privado, Saúl le contó todo lo que había vivido ese fin de semana. Armando, aún un poco incrédulo de la situación, le comentó a Saúl que sería buena idea reunirse con más amigos para investigar qué era lo que se tramaba. Por un momento pensaron que podría tratarse de una venganza entre grupos criminales de la zona, pero esa idea fue totalmente descartada al notar el misticismo detrás de lo sucedido.
Decidieron entonces hablar con Daniel, Mariana y Alex sobre lo ocurrido, y, aunque aterrados, estos también sentían curiosidad por saber qué estaba pasando.
Y así fue como, el viernes siguiente, durante la tarde, este grupo de amigos se reunió en casa de Saúl para planear su incursión. Decidieron entrar a las 11 de la noche al lugar donde Saúl había presenciado el asesinato de aquella mujer.
Cuando llegaron a la mesa, encontraron un charco de sangre seca y un olor fétido que impregnaba todo el lugar, recordándoles el acto solemne del que Saúl había sido testigo. Explorando un poco más, descubrieron un pasadizo escondido que parecía conectar con más túneles. Al dar la medianoche, comenzaron a escuchar pasos y los tambores que Saúl describió. Decidieron esconderse detrás del pasadizo cuando el grupo de enmascarados apareció. Esta vez, llevaban consigo una estatua de un búho que colocaron en medio de la mesa, además de un bebé en brazos, quien lloraba desconsoladamente.
Los encapuchados rodearon la estatua y comenzaron a adorarla mientras encendían un fuego del cual salía humo negro. La estatua tenía un hueco en el que también ardía el fuego, iluminando los rostros metálicos de los encapuchados. Los amigos estaban horrorizados mientras los enmascarados hablaban en una lengua desconocida y los tambores retumbaban con más fuerza.
Todo escaló cuando el miembro con máscara de vaca tomó al bebé y, sin titubear, lo lanzó dentro del búho de fuego. El llanto del infante se extinguió, dejando un escalofriante silencio. Fue en ese momento que Mariana no pudo contener su terror y soltó un grito desgarrador, lo que alertó a los miembros del ritual de su presencia.
El líder del grupo ordenó que los buscaran, y los amigos, aterrorizados, huyeron adentrándose aún más en los túneles oscuros y angostos. La persecución era implacable; los pasos y voces de los enmascarados resonaban tras ellos. Cada vez era más difícil avanzar, pero en algún momento los perseguidores se detuvieron. Los amigos continuaron corriendo hasta que se separaron accidentalmente en el laberinto de túneles.
Armando llegó a un lugar angosto con unas escaleras que daban a una tapa de drenaje. Al salir, se dio cuenta de que estaba en la plaza del 8 frente a la iglesia. Saúl, por su parte, llegó a una excavación que estaba detrás del planetario. Daniel apareció en un túnel cercano a la Preparatoria Torres Bodet, mientras que Alex emergió del registro del estadio. Sin embargo, Mariana no apareció.
Cuando los demás lograron comunicarse, el miedo y la angustia eran palpables.
—La debieron haber secuestrado —mencionó Alex.
—Debemos encontrarla a como dé lugar —respondió Armando.
A pesar de sus deseos de buscarla, el terror los superaba. Los días pasaron, y la desaparición de Mariana fue reportada por su familia. Saul y sus amigos fueron los principales sospechosos.
La policía irrumpió en las casas de todos para llevarlos a interrogatorios.
—¿Dónde está Mariana? —gritaba un oficial, golpeando la mesa frente a ellos.
Ninguno decía nada, pero los golpes y las amenazas continuaron hasta que Alex, presionado por el miedo y la tortura, confesó lo que había sucedido.
Los jóvenes llevaron a la policía al lugar donde ingresaron al túnel, pero, para su sorpresa, la pared falsa ya no existía. Sin pruebas, quedaron como mentirosos y responsables de la desaparición de Mariana. Intentaron mostrar las salidas por las que escaparon, pero la policía los ignoró. Fueron tratados como asesinos y condenados a 50 años de prisión por delitos que no cometieron.
La cárcel se convirtió en un infierno para ellos. Armando no soportó el encierro y se suicidó al poco tiempo. Daniel fue internado en un hospital psiquiátrico tras ser declarado loco. Alex vivió sus años en prisión consumido por la culpa, mientras que Saúl, el único que llegó a la vejez, mantuvo una conducta ejemplar durante toda su condena. Sin embargo, cuando estaba a punto de ser liberado, agredió a un oficial para sumar más años a su pena.
Cuando le preguntaron por qué lo había hecho, Saúl respondió:
—Porque sé que si salgo de aquí, ellos me van a estar esperando.

