Por Andrés Ramírez Acosta
Cd. Victoria, Tamaulipas.– El tiempo parece detenerse… Los gestos, las miradas, las pulsaciones y las expresiones se reflejaban en el rostro de Gabriel ‘Místico’ Pereyra a su llegada al Estadio Marte R. Gómez para dirigir su primer Clásico Tamaulipeco como entrenador de Correcaminos.
No era un viernes cualquiera en la capital tamaulipeca. Llegaba la edición XLIV de un clásico entre Correcaminos y Tampico, dos equipos necesitados de dar un golpe de autoridad y regresar a los primeros planos de la tabla general.
Eran las 18:15 horas y Correcaminos saltaba al terreno de juego para realizar su calentamiento, todavía sin la presencia de su timonel, quien terminaba de afinar la estrategia en el vestidor, ese santuario donde analiza a detalle cada movimiento antes de la batalla.
El reloj avanzaba implacable hasta las 18:57 horas, momento exacto en el que el ‘Místico’ pisó el tartán del Marte R. Gómez luciendo una sobria vestimenta en tonos negro y caqui.
Respetuoso ante el rival y ante la ausencia del ‘Borita’ Alcántar, Pereyra estrechó la mano de Jesús Chávez, estratega de la Jaiba Brava.
—¡Vamos, muchachos… este partido es uno de los más importantes del torneo! —gritaba el argentino a la orilla del empastado, mientras sus jugadores realizaban los últimos ejercicios por la banda.
A las 19:00 horas, con la mirada fija en el cronómetro, preparaba las últimas indicaciones.
—Torres, presionamos desde la salida, vamos a buscar incomodar —ordenaba a su capitán, Vicente Torres, segundos antes del silbatazo inicial.
El nazareno hizo sonar su ocarina a las 19:05 horas y el balón comenzó a rodar.
El nerviosismo se dibujaba en el rostro de Pereyra, quien intentaba disiparlo a base de órdenes y exigencia.
—¡Dale…! Rompe si te da. ¡Profundidad, carajo! —retumbaba su voz apenas a los cinco minutos de juego.
Así vivía su primer clásico.
La falta de contundencia comenzó a pesar en el área rival y Pereyra lo sabía. En repetidas ocasiones se jalaba el cabello con desesperación y soltaba un “¡Vamos, carajo!”, mientras su pierna izquierda simulaba el impacto que sus jugadores no conseguían darle al balón.
El trámite se volvió de ida y vuelta.
La preocupación invadió al ‘Místico’, obligado a jugar sin su guardameta titular y con el debutante Emiliano Pérez bajo los tres postes. El joven arquero, sin embargo, respondió: en menos de cinco minutos resolvió dos jugadas bravas.
—¡Buena, Emiliano! —gritó Pereyra.
Levantó el pulgar en señal de aprobación y respiró aliviado, mientras pedía calma a un equipo que por momentos comenzaba a perder el control del medio campo.
Pasaban los minutos y Correcaminos merodeaba el área contraria.
—¿Fue Mina, verdad? —preguntaba Pereyra a su auxiliar, Jorge Salas.
La respuesta fue apenas una mueca de frustración.
Instantes después, al minuto 19, Duván Mina, con el dorsal 33 en la espalda, mandó el balón directamente a las gradas.
Los primeros 45 minutos agonizaron lentamente bajo un empate sin goles.
El descanso sirvió para ajustar y analizar al rival. Pereyra mandó llamar exclusivamente a los 11 titulares al vestidor, dejando al resto del plantel ejercitándose sobre el césped.
Cumplidos los 15 minutos reglamentarios, los equipos regresaron a la cancha. Las manecillas ya superaban las 20:00 horas cuando el silbante Fernando Cruz reanudó las hostilidades.
Entonces el área técnica se convirtió en la jaula de un león indomable.
El argentino caminaba de un lado a otro esperando el momento exacto para rugir con la ventaja. Los corajes se multiplicaban con cada oportunidad desperdiciada y otro disparo fallido de Mina volvió a llevarse las manos de Pereyra a la cabeza.
Hasta que la insistencia tuvo recompensa.
Una mano dentro del área encendió al banquillo naranja.
—¡Mano, ‘profe’! ¡Mano! —reclamó airadamente Pereyra.
Fernando Cruz no dudó y señaló la pena máxima.
La euforia estalló al minuto 54.
Omar Islas tomó el balón, caminó hacia los once pasos y ejecutó con precisión para mandarlo al fondo de la red.
1-0.
El Marte R. Gómez rugió.
Pero Pereyra apenas tuvo tiempo para celebrar.
—¡No juegues ahí! ¡Alarga… alarga y no arriesgues! —reclamó inmediatamente cuando la defensiva de Tampico amenazaba con responder.
Fueron momentos de adrenalina pura.
Apenas tres minutos después del gol, la Jaiba comenzó a empujar y al 60’ un disparo visitante reventó el travesaño.
Por centímetros no llegó el empate.
Pereyra respiró.
El rival seguía vivo.
Ante el vendaval, el estratega comenzó a mover sus piezas y al 65’ mandó a la cancha a Tomás Sandoval en lugar de Alan Di Pippa, buscando piernas frescas para mantener la intensidad.
El reloj comenzó a convertirse en aliado de los universitarios.
Y la desesperación, en enemiga de Tampico.
Al 74’, la visita se quedó con diez hombres tras la expulsión por doble tarjeta amarilla de Óscar Manzanarez.
La noche comenzó a cerrarse sobre el Marte R. Gómez y, en la recta final, apareció la lluvia.
Pereyra levantó entonces los brazos hacia la tribuna.
—¡Vamos… vamos… que esto ya se va a acabar!
El entrenador pedía el último esfuerzo a sus jugadores, pero también a la gente.
Llegó el minuto 90.
Cinco minutos más.
Cinco eternos minutos.
Correcaminos apretó los dientes y blindó su defensiva.
—¡Solo quedan cinco! —gritaba Pereyra antes de lanzar una última instrucción a sus centrales—. ¡Cuiden abajo, Damián y Oliver!
Y entonces el ‘Místico’ preparó su última llave.
La Mística.
Correcaminos cerró espacios, juntó líneas y convirtió los cinco minutos agregados en una lucha contra el reloj. Tampico buscó escapar, pero el cuadro naranja apretó la llave.
Una marca por aquí.
Una cobertura por allá.
Un balón lejos del área.
Otro segundo consumido.
La Jaiba intentaba soltarse, pero Correcaminos no aflojaba.
Hasta que Fernando Cruz llevó la ocarina a la boca.
¡Se acabó!
Pereyra dejó de contenerse.
Apretó los puños, gritó y celebró con sus jugadores. Habían terminado 95 minutos de tensión, reclamos, indicaciones, angustia y adrenalina.
En su primer Clásico Tamaulipeco desde el banquillo naranja, Gabriel Pereyra había conseguido la victoria que Correcaminos necesitaba para sepultar una racha de cuatro partidos sin ganar y volver a meterse en la pelea.
Pero aquella noche había algo más.
En el Marte R. Gómez, el ‘Místico’ había aplicado su llave favorita.
La ‘Mística’ estaba completa.
Y Victoria volvió a rugir.
