Hace más de 15 años conocí un joven que quería ser escritor; de aspecto pulcro, pelo engominado, perfectamente peinado, serio, aburridamente serio. No era el único que asistía al taller de creación literaria que entonces impartía la maestra Graciela González Blackaller, pero era sin duda el más peculiar de todos: llegaba temprano, era discreto en sus participaciones, tomaba apuntes y casi siempre llevaba un texto para someterlo a la crítica; pronto, sus amigos que lo habían llevado al taller empezaron a claudicar.

Algunos asistían esporádicamente al taller y otros empezaron a considerar que habían ya aprendido bastante para poder publicar y hubo quienes hasta se pagaron sus primeros cuadernos literarios.

Él en cambio siguió asistiendo por años puntualmente al taller, sábado a sábado, como quien descubre que la primera condición para escribir bien, es la disciplina. La maestra Graciela le tomó rápidamente cariño, tal vez porque aceptaba sus críticas sin tanta resistencia, así aprendió la segunda condición para escribir bien, beber con humildad de sus maestros toda la experiencia posible.

Intrigada por su personalidad, contraria a la actitud disipada de los aspirantes a escritores, le pregunté su nombre, “Marko, me llamo Alfredo Marko ¿por qué?”, no supe que responder a su pregunta, no podía contestarle que era mera curiosidad.

Así que tomando el riesgo le dije, “me gustaría que publicaras algunos de tus cuentos en la revista de la Universidad Autónoma de Tamaulipas”, de la que yo era directora. Digo que tomando el riesgo, porque no sabía yo en eso momento qué tanta calidad podía tener lo que escribía como para ser publicado en una revista universitaria, en realidad mi respuesta fue para salir del paso.

Muy cauteloso me respondió sin mostrar emoción, “bueno, deja le comento a la maestra a ver cuál cree ella que deba publicar”. Me volví a sorprender, ¿quién a los 20 años contesta así ante la oportunidad de ver sus textos trascender?, cualquier otro, ahí o en cualquier otro taller me hubiera dicho “sí, claro que sí,” sin mediar consecuencias.

Ahí empezó una gran amistad pero también inició el largo camino de uno de los escritores que son producto de la formación literaria que nuestra Universidad Autónoma de Tamaulipas ha realizado desde hace ya varias décadas.

No solo publicó ese cuento que le pedí, sino que se volvió uno de los colaboradores permanentes de la Revista –debo precisar, cosa que a él no le gusta recordar, pero que hago con fines biográficos- que en esos primeros momentos escribió también poesía, pero muy pronto se dio cuenta que la narrativa le atraía más.

Esto era también muy peculiar en un joven que intentaba ser escritor, sus compañeros de taller, en su mayoría se creían poetas, o aspiraban a serlo, sin duda ellos creían que esto era más fácil, más rápido y daba mayor categoría. Decir que se es escritor, suena soberbio, imagínense cuando alguien dice que es poeta.

Pero Marko escogió el camino difícil, decidió escribir cuento y renunciar a la tentación de decirse poeta. Dos obsesiones, aparte de la pulcritud de su aspecto físico lo acompañaron desde entonces, la de escribir y una más peligrosa, la de ser ávido lector.

Publicó cerca de 15 cuentos y un poema en la Revista de la Universidad entre 1998 y el 2002, después vinieron aires de cambio, empezó a explorar la novela. Tuve la oportunidad de leer dos textos que aún permanecen inéditos; escribió por un tiempo la columna llamada “Desde el ombligo del elefante” donde comentaba sus lecturas y establecía analogías con la realidad.

Nunca aceptó mandar sus textos a concursos literarios, centrado en el estudio literario aceptó coordinar parte de los trabajos del taller de creación literaria de la Universidad donde en 10 años hizo escuela y algunos de sus alumnos trascendieron al plano nacional.

Alguien le dijo en una reunión de amigos que él no era escritor, pues nunca había publicado un libro, yo molesta por el comentario –conociendo su trayectoria contesté-, sucede que él es como los buenos escritores, que saltan a la fama después de los 40.

Pero ¿Quién es Alfredo Marko? me preguntaron algunas personas cuando supieron de la presentación de este libro. Un escritor, contesté, y agrego tamaulipeco, cuya paciencia y disciplina literaria le han dado la voz madura de quien sabe lo que quiere: escribir.

Por eso celebro este libro, porque con el celebro también la suma de sus personajes, la suma de sus historias, la suma de los dramas que él ha decidido dejar inédito para que sostengan un libro con siete historias que retratan su oficio literario.

Pero sobre todo celebro que seas mi amigo, y que esa amistad esté unida maravillosamente a la literatura, a tu trabajo como escritor y al mío como promotora cultural.

*Texto leído en la presentación del libro “Soltarse de la mano” de Alfredo Marko.

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