Las emociones ocupan un rol central en nuestra vida. La forma en que nos sentimos condiciona notablemente nuestra capacidad para afrontar desafíos, desempeñar actividades, aprender o relacionarnos con los demás. A día de hoy, no cabe duda de que el estado emocional de los individuos tiene mucho que ver con su salud en general y su bienestar.

Una gestión emocional adecuada se ha presentado en los últimos años como un importante predictor de la salud de las personas. Las investigaciones han tratado de indagar en esta dirección y se ha comenzado a hablar de las llamadas competencias emocionales. Estas consisten en actitudes y habilidades que se vinculan con una gestión eficiente de las propias emociones. Manejar bien nuestros estados afectivos nos permite dirigir nuestra conducta de una forma más adaptativa, superar retos y, en definitiva, explotar al máximo nuestro potencial como personas.

El éxito a la hora de manejar las propias emociones puede marcar la diferencia en nuestra capacidad de razonamiento, atención, percepción y memoria. Es decir, que la gestión emocional y el procesamiento de la información son dos procesos que van de la mano. No todas las personas muestran la misma facilidad para regularse en el plano emocional.

Por tanto, las competencias emocionales no serán iguales en todos los individuos. En este sentido, hay quienes muestran especial habilidad para conocerse, identificar sus sentimientos, regular sus respuestas emocionales más automáticas y actuar de manera más ajustada a las situaciones que se les presentan. Las competencias emocionales pueden ser de distinto tipo, pero todas ellas se engloban bajo un término paraguas conocido como inteligencia emocional.

Según Salovey y Mayer (1990), la inteligencia emocional es la capacidad general de procesar la información de tipo emocional de una manera eficaz y exacta. Las personas que poseen este tipo de inteligencia son capaces de identificar, entender y regular no sólo sus propias emociones, sino también las de los demás. En este artículo vamos a profundizar en el concepto de inteligencia emocional y en los distintos tipos de competencias emocionales que la constituyen, con el fin de entender qué aporta cada una de ellas a nuestro desempeño.

¿Qué es la inteligencia emocional?

La inteligencia emocional es el conjunto de destrezas, aptitudes y habilidades que hace a un individuo capaz de reconocer sus propios sentimientos y los de los demás. Las personas inteligentes emocionalmente suelen adoptar un comportamiento más adaptado a cada situación, se encuentran motivadas y se manejan de forma exitosa en las relaciones interpersonales.

Aunque fueron los autores Salovey y Mayer los que propusieron el término inteligencia emocional en 1990, este concepto ganó verdadera popularidad en 1995, año en el que Daniel Goleman publicó su libro Inteligencia Emocional. Goleman ha realizado estudios centrados en este concepto y en la importancia que este tiene en la vida y el éxito de las personas. Particularmente, Goleman estaba interesado en conocer qué rasgos predominaban en los empleados de las empresas más reconocidas a nivel mundial.

El autor estableció tres categorías de competencias potencialmente presentes en estos grupos empresariales: aptitudes técnicas, capacidades cognoscitivas e inteligencia emocional. Los resultados de este análisis arrojaron conclusiones sorprendentes. El 90% de la diferencia observada en el desempeño de los gerentes de las empresas del estudio era atribuible a factores relacionados con la inteligencia emocional. Es decir, que una parte importante del éxito no era debida a las habilidades técnicas, sino a las destrezas emocionales de los profesionales.

El concepto de inteligencia emocional supuso una revolución, ya que rompió con la idea tradicional de inteligencia existente hasta entonces. Tradicionalmente, la inteligencia siempre había estado asociada a aspectos como la comprensión, el razonamiento lógico y espacial, la capacidad verbal o las habilidades mecánicas. Gracias a las investigaciones en torno a la inteligencia emocional, se ha adquirido una visión más global de cómo funcionamos las personas.

De esta manera, estas ya no son analizadas como meros robots sino como humanos que, además de conocimientos técnicos, deben poseer destrezas a nivel emocional para lograr actuar de forma eficaz. De hecho, se ha planteado la posibilidad de hablar de un cociente emocional que englobe las competencias de cada persona en aspectos como la constancia, la flexibilidad o el optimismo.

¿Qué clases de competencias emocionales existen?

Veamos qué tipos de habilidades hacen de una persona alguien inteligente emocionalmente. No siempre se observan todas en la misma persona. No obstante, es cierto que suelen guardar mucha relación entre ellas y suelen aparecer de manera simultánea.

1. Conciencia emocional o autoconciencia

Esta competencia se refiere a la capacidad de hacer autoanálisis para reconocer y comprender nuestras propias emociones. Se trata de entender las diferencias entre nuestros distintos estados de ánimo y la manera en la que estos repercuten sobre nosotros mismos y sobre los demás. Las personas conscientes de sus emociones tienden a ser más honestas consigo mismas, reconocen sus errores y trabajan con la intención de mejorar.

La autoconciencia también hace que la persona planifique metas desde una perspectiva realista y con un rumbo bien delimitado. Este ejercicio de reflexión no es fácil, por lo que este tipo de aptitud no está presente en todas las personas.

Autoconciencia

2. Regulación emocional o autorregulación

La regulación es otro aspecto clave para hablar de alguien inteligente a nivel emocional. Quienes se regulan emocionalmente son capaces de mantener un buen control de sus impulsos y emociones, de forma que dedican tiempo a reflexionar antes de pasar a la acción. Esta habilidad resulta fundamental en situaciones de alta tensión donde las emociones se viven con gran intensidad.

En este tipo de escenarios las personas con inteligencia emocional saben mantenerse bajo control, de forma que pueden actuar de forma eficiente sin desbordarse. Además, esta competencia también permite analizar de forma reflexiva la manera en la que se pudo llegar a esa situación, qué factores contribuyeron a dicha tensión y valorar alternativas para ponerle solución.

Esta aptitud es una de las más valoradas en el ámbito empresarial a la hora de elegir a un potencial líder. A la hora de dirigir grupos y proyectos resulta crucial saber manejar de manera inteligente los conflictos, los cambios y los imprevistos, de forma que las acciones se ejecuten desde la reflexión y no desde el impulso más primario.

3. Automotivación

Las personas inteligentes emocionalmente suelen alcanzar puestos relevantes debido a su gran motivación de logro. Esto significa que no se guían por refuerzos superfluos como la reputación o el salario, sino por un deseo auténtico de crecer y aprender. Son individuos con mucha capacidad creativa, enérgicos y perfeccionistas en las tareas que desempeñan. Por tanto, se trata de personas que ejecutan sus actividades desde la satisfacción y no desde el deber, lo que hace que destaquen sobre el resto.

Las personas con fuerte automotivación suelen crecer ante la adversidad, de forma que integran los fracasos como aprendizajes y no como lastres que cargar. Por lo tanto, suelen mostrarse resilientes ante las situaciones complicadas y se mantienen perseverantes debido a que poseen objetivos claros y bien definidos.

4. Inteligencia interpersonal

La inteligencia interpersonal es una competencia que engloba, a su vez, distintas habilidades. En general, la inteligencia interpersonal se puede definir como la capacidad para construir y mantener relaciones con los demás.

Las personas con esta característica suelen dominar de forma magistral las habilidades sociales. Saben cómo comportarse para lograr conectar con cada persona con la que interactúan. Se muestran hábiles para expresar sus emociones de una forma ajustada a la relación en cuestión y el contexto en el que se encuentran. En las situaciones de conflicto, este tipo de personas suelen adoptar actitudes asertivas para resolverlos y tratan de aprender de ellos con el fin de prevenir escenarios similares en el futuro.

Además, este tipo de habilidad hace que la persona sepa actuar en consonancia con los sentimientos de los otros, tratando a las personas acorde a su estilo y grado de sensibilidad. Es capaz de entender el punto de vista del otro, por lo que trata de comportarse siempre de forma empática. Así, las personas inteligentes emocionalmente saben comprender los puntos de vista de los demás y cómo actuar acorde a ellos. En definitiva, hablamos de individuos prosociales que respetan a los demás y tratan de cooperar con ellos para lograr el mejor resultado posible.

5. Toma de decisiones

Este aspecto también es central en los individuos con inteligencia emocional. En ellos podemos observar una gran capacidad para hallar solución para diversas situaciones con alta carga emocional. Son conscientes de cómo las emociones pueden repercutir en la toma de decisiones, por lo que no asumen decisiones sin reflexionar previamente al respecto. En la medida de lo posible, son individuos que tratan de mantenerse objetivos sin estar sesgados por sus propias emociones o prejuicios.

6. Manejo de estrés

La inteligencia emocional se hace visible especialmente en las situaciones altamente estresantes. Quienes cuentan con habilidades de manejo del estrés suelen ser personas flexibles, que son capaces de adaptarse a entornos desconocidos, cambiantes e impredecibles.

En general, estas personas muestran una tolerancia alta al estrés, de forma que afrontan situaciones complicadas con un elevado sentimiento de autoeficacia. Es decir, se reconocen a sí mismas como capaces de salir adelante en ese escenario. De igual manera, son individuos con tendencia a analizar las situaciones desde una perspectiva optimista. Suelen mostrar elevada resiliencia y no se derrumban a pesar de los contratiempos que puedan surgir.