Comer pollo con regularidad podría aumentar el riesgo de muerte prematura, sugiere estudio. Lo que por años se consideró una opción más saludable frente a la carne roja ahora enfrenta una nueva controversia.

El pollo, presente en millones de mesas por su accesibilidad y perfil bajo en grasa, podría estar asociado a un mayor riesgo de mortalidad si se consume con demasiada frecuencia, según un análisis reciente que pone en duda la imagen intocable de la «carne blanca».

El estudio publicado en la revista científica Nutrients, sugiere que un consumo semanal elevado de pollo —más de 19 porciones, es decir, casi tres al día— se asocia con un aumento estadísticamente significativo en el riesgo de muerte prematura. ¿La causa? Podría estar menos en el pollo y más en cómo lo procesamos, cocinamos o en los compuestos que lo acompañan.

¿Qué dice el estudio sobre el consumo frecuente de pollo y la muerte prematura?

El artículo, publicado por un grupo de investigadores internacionales, analizó los hábitos alimenticios y las tasas de mortalidad de más de 100,000 personas a lo largo de dos décadas. Aquellos que consumían pollo más de cinco veces por semana presentaron un riesgo 10 % mayor de morir prematuramente, en comparación con quienes lo comían ocasionalmente.

La advertencia no radica en una condena total del pollo, sino en su cantidad y preparación. Los expertos señalan que el problema podría estar asociado al uso de carnes procesadas, frituras frecuentes y exposición a contaminantes como aminas heterocíclicas, que se generan al cocinar a altas temperaturas.

¿Por qué comer pollo podría estar vinculado con riesgos para la salud?

A pesar de su reputación saludable, el pollo industrializado puede contener residuos de antibióticos, aditivos y contaminantes que, a largo plazo, afectan al sistema digestivo y al metabolismo. Además, muchos métodos de cocción populares —como freír o asar a altas temperaturas— generan compuestos potencialmente cancerígenos.

Según el análisis, también influye el contexto alimenticio: el pollo no suele venir solo, sino acompañado de carbohidratos ultraprocesados, grasas saturadas o azúcares. Esta combinación, sumada al exceso, puede disparar inflamación crónica, obesidad y otros factores de riesgo vinculados a enfermedades cardíacas y cáncer.

¿Cuánto pollo es demasiado? Límites y recomendaciones actuales

Aunque las guías alimentarias varían según el país, los expertos coinciden en que el equilibrio es la clave. La recomendación general sugiere no superar las 2 a 3 porciones de pollo por semana, especialmente si es cocido con grasa, empanizado o en versiones industrializadas.

El informe advierte que superar las 19 porciones semanales —lo que equivale a comer pollo en casi todas las comidas— puede ser excesivo y desbalanceado si no se complementa con vegetales, legumbres y variedad proteica.

Alternativas saludables al pollo para una dieta balanceada

Si bien no hay necesidad de eliminar el pollo por completo, sí conviene diversificar las fuentes de proteína:

Pescado azul como el salmón o sardina
Huevos y legumbres (lentejas, garbanzos, soya)
Tofu, tempeh o proteínas vegetales
Carnes magras sin procesar (pavo, conejo)
Nueces, semillas y granos integrales

Además, optar por métodos de cocción como hervido, al vapor o al horno puede marcar la diferencia en el perfil nutricional y en la formación de compuestos dañinos.

Aunque parezca inofensivo, el hábito de comer pollo con regularidad podría aumentar el riesgo de muerte prematura, sobre todo cuando se convierte en el protagonista absoluto del plato diario.

Más que satanizar un alimento, este estudio invita a reflexionar sobre la frecuencia, la preparación y el contexto de lo que comemos. Porque, como siempre en nutrición, el exceso —incluso de lo “bueno”— puede volverse un riesgo.