Durante mucho tiempo, la imagen del rector estuvo asociada con el despacho, los actos solemnes y las reuniones de alto nivel.
Aunque esos espacios son necesarios para conducir una institución, una universidad no vive en sus oficinas administrativas: respira en las aulas, los laboratorios, los patios, las bibliotecas y los espacios donde estudiantes y docentes construyen todos los días el conocimiento.
En ese contexto, la decisión del rector de la Universidad Autónoma de Tamaulipas (UAT) Dámaso Anaya Alvarado, de retomar sus recorridos por facultades, unidades académicas y escuelas preparatorias adquiere un significado que va más allá del protocolo.
Desde el inicio de su Gira Diagnóstico, el rector ha buscado dialogar directamente con la comunidad universitaria y conocer sus necesidades, propuestas y áreas de oportunidad.
Imaginemos un día cualquiera de estas visitas, el rector llega a una facultad y antes de escuchar informes en una sala de juntas, recorre sus instalaciones, entra a un laboratorio, observa el trabajo de los estudiantes y pregunta por los equipos disponibles.
Se detiene a conversar con un docente, escucha sus preocupaciones y conoce los desafíos cotidianos de la enseñanza.
Después revisa obras, identifica avances de infraestructura y recibe planteamientos sobre servicios, espacios académicos o condiciones de trabajo.
Más tarde, puede encontrarse con estudiantes en un pasillo o durante una clase.
Allí surgen preguntas que difícilmente aparecen en un documento administrativo: ¿qué hace falta en el aula?, ¿cómo funciona el transporte?, ¿qué problemas enfrenta un grupo?, ¿qué espacio necesita ser mejorado?
La presencia directa permite que esas inquietudes dejen de ser cifras abstractas y se conviertan en rostros, historias y responsabilidades concretas.
El modelo de puertas abiertas también establece un contraste con la figura del rector distante, encerrado en la formalidad del cargo.
La autoridad no pierde dignidad cuando escucha; por el contrario, gana legitimidad.
Caminar los campus significa reconocer que gobernar una universidad implica atender su complejidad humana y no solamente administrar presupuestos, obras o indicadores.
Una universidad que se transforma empieza por un rector que se atreve a recorrerla.
La cercanía, sin embargo, no debe reducirse a una fotografía o a una visita ocasional: debe convertirse en escucha, seguimiento y soluciones verificables.
Las puertas abiertas representan una forma de entender el liderazgo universitario.
Significan que las decisiones deben nacer del contacto con quienes enseñan, investigan, estudian y sostienen diariamente a la institución.
Cuando el rector camina por los pasillos, la universidad deja de sentirse como una estructura lejana y se reconoce como una comunidad.
En ese encuentro se humaniza la autoridad, se fortalece la confianza y se recuerda una verdad esencial: transformar la educación comienza por mirar de frente a las personas que le dan sentido.