Era tan chingón ser legislador plurinominal que los niños de grandes querían ser pluris. Había familias completas de seres pluri nominales, panzas plurinominales y sacos, zapatos bien boleados. Corbata para el sujeto que no habiéndola usado nunca, tenía achinchíncle para que le hiciera el nudo ciego bien cachondo.

Ellos eran los pluris. Sí, esos seres afortunados que aparecían en las curules con la tremenda salvedad de no deberle nada al pueblo. Debían más a Elektra de Salinas Pliego que al pueblo, sin saber que Salinas Pliego le debía más al pueblo, estaban empatados, por lo tanto no dejaban de comportarse como tal. Un partido amistoso entre las élites.

Hacían grupo con quien los hacía reír con pésimos chistes, con el patrón a quien le debían dos o tres regidurías y dos diputaciones pluri nominales que hicieron las delicias de chicos y grandes de sus familias.

Ellos por lo demás eran sopla nucas, lambiscones. Si el patrón era empresario, pues a veces de eso se trataba la política, de engrosar las arcas patrimoniales de la élite y engañar a los más necesitados de afecto, el afortunado también se mimetizaba: se volvía crudo hasta con los suyos, miraban hacia abajo al infeliciaje, prepotente, no a cualquiera respondía una llamada, era poderoso como su jefe, que le adoctrinaba desde el más rancio acento del México mágico.

La gente, el conglomerado social, el ciudadano de banqueta no conoce a los que aún quedan. De unos fantoches no los bajan pues todo el mundo sabe que descaradamente sirven a los intereses personales de sus protectores.

Si el pueblo los conoce es porque en contadas ocasiones la revolución no les falló a ellos. A ellos la revolución les hizo justicia. Hasta hoy se desconocía su procedencia, pero en dos tres semanas se forjaban una imagen de bien buenas personas, aunque fuesen malandros, aún cuando la debieran y/o la temieran.

Las pluris, nacidas para que representaran a las minorías de este país, terminaron por ser un refugio de compadres, amigos del barrio y socios. Los partidos pequeños sobrevivieron gracias a eso y a las nutridas prerrogativas. En lo general esos partidos eran satélites del poder y los señores diputados pluris, y otros, instalaban un tianguis para votar por enmiendas que no leían, tampoco las entendían. El PRI cumplía de ésta manera con la hegemonía de controlar todos los rincones de la patria potestad.

Con eso los pluris salían ricos brincando en una pata y no por el sueldo sino por el terrible tráfico de influencias que ejercían como un negocio de espaldas al pueblo. Enloquecían a sus querreques con un viaje que primero era a Cuba y después a Europa por ahí de la quinta pluri que era algo así como un patrimonio familiar.

Los personajes pluris además eran y son inefables, no se podrían explicar con palabras, pues no habiendo hecho una carrera política, hay que reconocer que con tal de recibir su dieta vendían lo que tuvieran por alma al mejor postor, fierro bajo el cual eran luego reconocidos.

Claro. Había uno que otro pluri peligroso por supuesto, había diputados plurinominales a modo, caros, baratos, feos, galanes. Llegaban al curul de muchas maneras : habían sido chóferes, carga maletas, guaruras, amantes, suertudos, gente de billete, recomendados, y por cuota.

Adiós a las pluris. Hasta nunca jamás. Quedará en la memoria de la época neoliberal cuando las cosas de la nación se ventilaban en favor del vencedor a cambio de un sobre, una concesión, un favor y a todo mundo le iba bien en la Caverna de Platón.

HASTA LUEGO