Por: Eduardo Castillo Mtz.

Son las 11:00 horas de un día como cualquier otro, luego de hacer las labores matutinas me dirijo al relleno sanitario de Ciudad Victoria, mejor conocido como basurero municipal… en busca de algo más interesante que la política.

El camino es largo, de paso me topo con varios operativos de tránsito municipal de esos que buscan ebrios diurnos, pero habiendo consumido pura naranjada toda la mañana, me da igual si me paran o no.

Entro al camino que llega al basurero, está justo a un lado de aquel autódromo que desapareció hace años y donde muchos pasamos tardes extraordinarias; regreso la vista al camino porque un descuido y puede uno salirse de la cinta asfáltica… Esta toda llena de baches.

Desde que entras a la brecha, se pueden observar pepenadores en las orillas hurgando en los desechos que algunos tiran en el camino por no llegar hasta el relleno. Al principio juzgué mal a estos “ecolocos” pero luego de ver las difíciles condiciones de acceso al basurero, así como los riesgos que esto implica, entendí por qué mucha gente prefiere tirar la basura donde sea.

Luego de algunos minutos logro llegar a la puerta del basurero, me intercepta un tipo mal encarado y se sube a fuerzas a la camioneta, ahí es su ley supongo, aun así no deja de ser incomodo que te obliguen a “contratarlos” para bajar los deshechos.

En un segundo filtro, se suben unos niños, estos con más educación piden permiso y ¡arriba! Me guían entre las montañas de basura al lugar donde se supone dejare la carga que llevo, ramas y cosas así… Para esto pasan de las doce medio día y el calor esta infernal, haciendo que aquellos rostros infantiles negreen más que el charol.

A medio camino se baja el mal encarado, dando las gracias a su manera, solo alzando la mano, yo respondí moviendo la cabeza viéndolo por el retrovisor; creo que de tantos años “ahí” la gente se vuelve osca.

Tenemos más de 6 años aquí…

Carlos y Estaban, son dos chicos de 12 años a lo sumo, y siendo pepenadores de tercera generación han pasado casi toda su vida en estas condiciones.

¿Qué hacen aquí, apoco aún es negocio recoger basura? pregunto y uno de ellos responde un poco ensimismado, mientras busca entre la basura algo que valga dinero.

“Ya no, antes si sacabas más o menos para comer y te quedaba. En un buen día salían unos 300 pesos o más, ahora ya no, salen cien pesos si bien nos va y a veces menos; es que además vienen más compradores por el cartón y las cosas buenas, no dejan nada”, dice señalando la fila de camionetas, con logos distintos que esperan el turno de cargar en un montón enorme de basura.

¿Por qué siguen aquí entonces, nos les da miedo el riesgo que corren? Pregunto algo horrorizado al ver la inmundicia en que viven aquellos seres. Ellos ríen tímidamente, sin entender – creo – mi punto de vista.

“No hay riesgos, solo a veces pasan accidentes, dicen los grandes que, desde que murió un niño enterrado en la basura, ya no dejan entrar a muy pequeños; pero siguen entrando, no hay quien cuide”.

Ya de retirada, se trepa uno de esos infantes que me platicaban Carlos y Esteban, pero él no quiere platicar, probablemente porque no pueda aún (yo le calculé unos 5 años de edad, pero era difícil saberlo con tanta tierra y lodo sobre su carita).

Llego a la puerta y bajan todos, vi por el espejo y ya venían al menos siete menores más, que ni noté a qué horas treparon; al fin salgo de ahí con más dudas aún y es que hasta hace días si creía lo que algunas autoridades decían “que no existe pobreza extrema en Victoria”, ¿será? Aún y cuando Carlos comió un pedazo de comida de la basura.

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