Este martes tuve la oportunidad de visitar el Foro “México por el Clima”, encuentro de tres días que inició el martes 6 de octubre y concluirá el jueves 8, bajo una premisa particularmente necesaria: reunir en un mismo espacio a sector privado, gobierno, organismos internacionales, academia, pueblos originarios y sociedad civil para dialogar sobre uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo.

Tres días en la sede del «Museo del Niño Papalote» de la CdMx, un bosque y una sola conversación alrededor del clima y la naturaleza.

Para mí, como investigador SNII-2 de la SECIHTI y académico de la Universidad Autónoma de Tamaulipas (UAT), con líneas de investigación relacionadas con migración y remesas, la participación en este tipo de encuentros adquiere una dimensión especial.

El cambio climático debe incorporarse cada vez con mayor claridad al análisis de los movimientos migratorios, porque las alteraciones ambientales están modificando las condiciones económicas y sociales de millones de personas.

Durante décadas, la migración internacional se ha explicado principalmente a partir de factores económicos, laborales, familiares o de seguridad. Sin embargo, hoy resulta indispensable reconocer la creciente importancia de los factores ambientales y climáticos. Sequías prolongadas, pérdida de productividad agrícola, escasez de agua, degradación de los suelos, huracanes, inundaciones y otros fenómenos extremos pueden reducir las oportunidades de subsistencia y convertirse en factores que impulsen desplazamientos internos e internacionales.

Desde esta perspectiva, el cambio climático no solamente representa una amenaza para los ecosistemas; también puede convertirse en un multiplicador de vulnerabilidades y un factor de presión migratoria. Quienes cuentan con menos recursos suelen tener menores posibilidades de adaptarse, reconstruir su patrimonio o permanecer en territorios afectados por fenómenos ambientales recurrentes.

Esta relación entre clima, migración y desarrollo abre nuevas preguntas para la investigación social. También obliga a reconsiderar el papel de las remesas. Para millones de hogares, los recursos enviados por sus familiares desde el extranjero representan una fuente fundamental de ingreso y, potencialmente, un mecanismo para enfrentar emergencias, reconstruir viviendas, diversificar actividades productivas o adaptarse a nuevas condiciones ambientales.

De ahí la importancia de que la academia participe activamente en foros como “México por el Clima”. No se trata únicamente de estudiar el deterioro ambiental, sino de comprender sus consecuencias humanas y económicas y aportar evidencia para construir políticas de prevención, adaptación y desarrollo territorial.

Especial relevancia tiene la participación de los pueblos originarios, cuyas comunidades conservan conocimientos fundamentales sobre el territorio, los bosques, el agua y la biodiversidad.
Su experiencia demuestra que la protección de la naturaleza también implica proteger culturas, economías locales y formas de vida.

El gran mensaje de este encuentro es que clima, naturaleza, economía y movilidad humana ya no pueden analizarse por separado.

Como investigador de la UAT, considero que esta conversación debe continuar mucho después de que concluya el foro.

Porque proteger nuestros ecosistemas significa también reducir las causas que pueden obligar a millones de personas a abandonar sus comunidades.

La naturaleza está hablando. Escucharla también significa comprender por qué y hacia dónde se está moviendo la humanidad.