En la década de los 60’s , había peligros cotidianos que hoy nos paracen inimaginables y una época de ignorancia química que,a pesar,de eso, hoy seguimos aquí y si, gracias al señor,sin secuelas neurológicas para los que «jugábamos» en esa época.
Por la noche, antes de dormir, revisaba mi reloj de pulsera que brillaba con una luz que hipnotizaba, cerrando el puño alrededor del reloj para obscurecerlo y poder ver las manecillas y los números. Ese brillo provenía del RADIO elemento radioactivo mortal que las trabajadoras aplicaban a mano,a veces lamiendo los pinceles para afinar la punta.Lo que era un simple brillo en la oscuridad,en realidad, una dosis constante de radiación que hoy está prohibida,lo perturbador es que llamadas chicas del radio murieron a causa de esa práctica cargada de hermosa y mortal pintura fluorescente.
Al día siguiente, jugaba en el suelo con mis flamantes soldaditos de PLOMO ; un ejército de metal pesado moldeados con plomo puro o pintados con esmaltes ricos en el mismo material tóxico. Si una figura se rompía o la pintura se astillaba, el polvo de plomo terminaba inevitablemente en las manos,y de ahí a la boca, con tremendas consecuencias para el desarrollo cerebral.
Quizás el «experimento» más común y fascinante ocurría cuando se rompía el termómetro de cristal,no había pánico, sino asombro. Esas esferas plateadas y mágicas de MERCURIO se recogían y manipulaban con las manos desnudas.Ver como se ubican y separaban era un juego que embelesaba, sin saber que cada segundo que pasaba en la mano liberaba vapores tóxicos que dañaban los pulmones y el sistema nervioso.
Lo que hoy son estrictas regulaciónes de seguridad,en los 60’s eran «cosas normales» datos curiosos de una era donde la ciencia y la seguridad aún no se daban la mano.
Hoy apreciamos la seguridad,y eso,sin duda,es progreso.
Tan Tan