Huevos tirados fue una opción atractiva para almorzar en el aeropuerto de Tampico, la mesera me explicó que eran huevos revueltos con frijoles negros, “como de rancho” le dije, ella sonrió “ándele”. Nos contó mientras tomaba la orden, que era de un ranchito cerca de La Soledad, municipio de Padilla, su estatura y tez blanca la hacían parecer una mesera de altura.
Abordamos el avión pollero que nos llevaría a Villahermosa cerca de las nueve de la mañana, una ruta que sale desde Guadalajara haciendo escala en Monterrey, Tampico, Veracruz, Villahermosa y hasta llegar a Mérida. Habíamos salido a las cinco de la mañana de Ciudad Victoria conduciendo por carretera para abordar puntuales, nos amaneció en el camino y el paisaje tamaulipeco del Cerro del Bernal nos hizo despejar los temores de transitar por estas rutas plagadas de historias desagradables.
Nuestro destino era San Cristóbal de las Casas, Chiapas y después de haber visto desde el avión el Golfo de México, las playas y volcanes de Veracruz aterrizamos en una Villahermosa caliente y sudorosa, saliendo del aeropuerto rumbo a las oficinas del ADO pudimos ver en la orilla de la carretera vendedores que de la misma forma que ofrecían macollas de plátanos también vendían pescado fresco colgando como racimos en garrochas que inclinaban al paso de los vehículos.
El taxista nos explicó que esa zona tenía muchas lagunas de agua dulce y por eso la gente se metía a pescar de mañana para ofrecer su producto ahí mismo, entonces cruzamos el río Grijalva, espectacular e imponente y nos metimos en las entrañas de una ciudad cuyas historias de la inundación aún se recuerdan.
Cuando llegamos a la terminal de autobuses nos informó el boletero que San Cristóbal estaba a cinco horas de camino y la única forma de llegar era abordando una camioneta urban que estaba por salir hacia Tuxtla Gutiérrez y de ahí tomar un autobús que hacía una hora de camino a nuestro destino.
Sin mayores pausas compramos los boletos y durante el camino recordamos que en la agencia de viajes nos habían dicho que de Villahermosa a San Cristóbal no eran más de tres horas, pero ya estábamos en camino, así que lo tomamos con paciencia y cruzamos la selva tabasqueña rumbo a Chiapas encontrado a nuestro paso nuevamente el río Grijalva; llegando a Tuxtla sin contratiempos abordamos el autobús fue cuando empezamos a subir una prolongada sierra con espectaculares voladeros.
Le pregunté al chofer que hasta donde iba esa corrida, “a Mérida, 16 horas de camino”, entonces enmudecí, eran las seis de la tarde y estábamos entrando a San Cristóbal de las Casas, habían pasado 13 horas desde que iniciamos el viaje; al bajar del camión vi a todos los pasajeros que se había quedados quietos en sus asientos, pensé: nosotros ya llegamos, pobre de ellos que apenas van empezando el viaje.
Después de hospedarnos, nos fuimos a la catedral, San Cristóbal en el altar mayor presidía la misa y el obispo Felipe Arizmendi celebraba, coletos, indígenas y turistas de diversas nacionalidades escuchaban con devoción.
Después dimos un paseo por la plaza de la paz que está frente a la catedral y donde se firmaron los acuerdos con el EZLN, recorrimos el zócalo a ritmo de marimba; sus peatonales, banquetas y calles estaban rebosando de gente, entre vendedores y paseantes, que como torre de Babel, hablaban en las más diversas lenguas, desde las nativas hasta las más globales.
Ese barullo intenso entre música y parlantes nos acompañó toda la semana que estuvimos en esa Ciudad Real, llamada así en su fundación y donde poco o nada ha cambiado desde entonces para los pueblos originarios que viven en la miseria pero resisten con dignidad.
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