Cinthya Barrón Ruiz

Hace algunos años  la Dra. Thelma Camacho Morfín, quien en ese entonces formaba parte de los maestros de la Licenciatura en Historia de la UAT, me dijo “aunque no te guste la carrera, estudiar historia te da cultura general”. En ese entonces yo cursaba la licenciatura y pasaba por una crisis vocacional que supongo a todos los estudiantes de artes o ciencias sociales les da mínimo una vez durante la carrera. Y la doctora tenía razón, estudiar historia te forma como investigador pero también te da mucha cultura general y ¿por qué no decirlo? cierto status intelectual en las pláticas de sobremesa.

Al paso del tiempo yo terminé la licenciatura, no me dedico a la investigación pero puedo decir que haber estudiado historia me dio ciertas tablas que aplico para la ejecución de mi trabajo. Y sí, también me dio mucha cultura general y adquirí conocimientos que quizá por mi propia cuenta no tendría pese a lo fácil que es tener acceso a la información en la actualidad. Sin embargo no siempre es cómodo decir ‘estudié historia’ con todo el orgullo que llevamos dentro por nuestra preparación profesional porque ser historiador acarrea muchas polémicas y a veces malos ratos. Digo lo anterior porque cuando uno rebela su identidad de historiador surgen los siguientes comentarios: ¿Es para ser maestro de historia? ¿De qué puedes trabajar? ¿A poco te sabes TODA la historia de México…? Esta última pregunta es la que más cuesta explicar porque aunque estudiemos historia, esto no quiere decir que seamos seres omniscientes del pasado. Mucho menos una Wikipedia de hechos históricos, fechas, lugares y nombres. Pero la sociedad esperaría otra cosa de nosotros.

Estudiamos historia para tener las bases de la investigación del pasado y ejercer una interpretación crítica a partir de diferentes métodos heurísticos y hermenéuticos. También aprendemos que en lo que nos han contado de la historia de México no todo es ni tan blanco ni tan negro porque como es bien sabido y bastante explotado por algunos pseudo historiadores vendedores de best sellers, el pasado de nuestro bello país está lleno de mitos. Y este punto es en el que a veces cuesta entablar un diálogo con alguien sin caer en polémicas o malos entendidos. Así es, porque no falta quien cuando uno revela que estudió historia venga y diga: ¡claro! A mí también me gusta la historia, veo mucho History Channel, me encantan los libros de Francisco Martín Moreno, Juan Miguel Zunzunegui y Armando Fuentes Aguirre Catón…Entonces uno sabe que  la plática o puede llegar a feliz término o puede convertirse en una batalla entre el “Yo leí libros” del otro contra “esos libros no son estudios históricos” del historiador. Y para persuadir a la gente que cree ciegamente en estos falsificadores de la historia como los llamó Pedro Salmerón, es muy, muy difícil. Lo digo porque me consta.

Por otro lado está ese pequeño detalle de las efemérides y las celebraciones nacionales, como la del inicio del proceso de Independencia. Estas fechas a más de un estudiante o egresado de la carrera de historia ponen en aprietos cuando de convivir con sus amigos y familiares se trata. Porque también hay que reconocer que existen jóvenes historiadores que fascinados con el descubrimiento de la historiografía toman como misión odiar las celebraciones oficiales y ser quienes convenzan a la gente de que todo lo que les han dicho es mentira. Entonces uno los ve publicando en redes sociales que la historia oficial es mentira, que no hay nada que celebrar, que somos víctimas de un sistema que usa la historia para fines políticos (en todo lo cual estoy de acuerdo), y una larga lista de etcéteras propias de un fanático que ha confundido su papel de historiador con el de detractor de todo y todos.

Por mi parte prefiero mantener oculta mi identidad como historiadora. Esto se debe a diversas experiencias de personas que cuando lo saben quieren que de manera obligada emita un juicio sobre tal o cual figura histórica. O que sepa todas las fechas y personajes, o que tienen cierta postura sobre algo y quieren más que debatir, pelear para tener la razón. La historia es fascinante pero también es una provocadora de múltiples encuentros y desencuentros. Por eso decidí desde hace algún tiempo no adelantar que estudié historia a la gente, sino a unos cuantos, los que gusten y quieran debatir sin llegar al extremo del fanatismo.

ejb