Por: Mao Flamarique

Yo sabía lo que llevaba. No era papel. No era tinta. Era tiempo convertido en objeto; horas de trabajo, entrevistas, paciencia y dinero propio puestos uno encima del otro hasta formar un libro. Cada ejemplar pesaba distinto para mí: no por el papel, sino por todo lo que había detrás.
Y entonces apareciste tú.
Tú detrás del escritorio, con la voz segura de quien lleva años caminando esos pasillos. Me dijiste cuántas semillas querías. Una. Diez. Veinte. Treinta. Lo dijiste con naturalidad, como quien extiende la mano hacia un árbol convencido de que el fruto va a caer.
Yo tomé nota.
Confié.
Porque cuando alguien te mira de frente y te dice “sí”, uno quiere creer que esa palabra tiene raíz.
Y sembré.
Fui dejando semillas en cada oficina, en cada despacho, en cada mano.
Las fui entregando una por una, y durante un momento creí que el palacio también podía ser tierra fértil. Pensé que aquellas semillas iban a quedarse donde se pidieron y que la palabra sembrada iba a cumplir su ciclo.
Pero él —ese palacio— empezó a mostrar su verdadero rostro.
Él no habla como habla la gente.
Habla como hablan los edificios viejos.
Con eco.
Con puertas que se cierran despacio.
Con corredores donde la respuesta siempre parece estar a unos pasos más adelante.
Y tú empezaste a caminar distinto.
Ya no eras la misma voz que pidió.
Ahora eras “después”.
Eras “la próxima semana”.
Eras “déjamelo reviso”.
Eras silencio.
Eras una sonrisa entrenada para ganar tiempo mientras el reloj corría del lado de quien espera.
Y yo empecé a cansarme.
No de cobrar.
No del dinero.
No de insistir.
Me cansó algo más difícil de decir: la sensación de llevar algo nacido de mis manos hasta la tuya… y descubrir que a veces la palabra dentro del palacio pesa menos que una hoja suelta.
Y mientras yo recorría otra vez esos pasillos, él —el edificio entero— parecía observar.
Como si conociera esta escena desde hace años.
Como si hubiera visto llegar a otros con carpetas, proyectos, promesas, trabajo honesto entre las manos… y luego los hubiera visto irse con el cansancio pegado al cuerpo.
Y tú seguías ahí.
Con los libros en tu escritorio.
Con la promesa suspendida en el aire.
Como si el tiempo ajeno pudiera quedarse quieto esperando.
Y yo seguía aquí.
Recordando exactamente cuántas semillas pediste.
Recordando que nadie te obligó a extender la mano.
Recordando que la petición fue tuya y el riesgo fue mío.
Y él, el viejo palacio, guardándolo todo entre sus muros:
la petición,
la entrega,
la demora,
el cansancio,
la memoria.
Porque los edificios aprenden a callar.
Pero también guardan.
Guardan quién llegó con las manos llenas.
Quién pidió.
Quién recibió.
Quién cumplió.
Y quién convirtió una palabra en puro eco.

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