¿Quién se enriquece con la ‘pequeña guerra’ contra el Estado Islámico? Esta es la pregunta que plantea en la revista ‘Foreign Policy’ William Hartung, uno de los directores del Centro de la Política Internacional (CIP por sus siglas en inglés), con sede en Washington.  Anteriormente esa misma publicación empleó el término ‘pequeña guerra’ para calificar la estrategia de la Casa Blanca en la lucha que lleva a cabo contra los extremistas en el Oriente Medio desde el pasado agosto.

Solo recientemente se ha pronunciado una sentencia contra los mercenarios de la empresa Blackwater que provocaron la matanza de 17 civiles en Bagdad en 2007, y el fundador de la compañía, Eric Prince, propone enviar de nuevo a sus veteranos a combatir el extremismo islámico. La tristemente conocida empresa ha sido rebautizada como Academi y ya no tiene ninguna relación con su antiguo director, pero igual que antes se ofrece para «proteger la infraestructura estratégica» y proporcionar otros servicios armados.

«Cuatro años después de que Estados Unidos iniciara las guerras en Irak y en Afganistán, los contratistas privados superaban en número a las tropas en el campo», dice Hartung. Además de Blackwater, había contratistas de compañías como DynCorp, Triple Canopy y otras.

La mayor parte de los empleados de esas empresas contratadas por Washington cumplían con misiones más mundanas como servir comidas, construir instalaciones militares o cavar letrinas. Pero había también miles de trabajadores que llevaban armas y custodiaban instalaciones militares, entrenaban a la Policía y a las fuerzas de seguridad iraquíes e incluso de vez en cuando participaban directamente en los combates.

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