Cobija de Sol
De Omar Sierra
Entonces ella corría y ella me llevaba cargado como bulto. Sólo avanzábamos a… no sé dónde y nos perseguía… no sé quién.
Cuando los truenos empezaron, me caí al suelo pero me levanté y corrí a… no sé dónde.
El señor de las greñas se fue, ni me dijo adiós y sin él ya no pude seguir. Me acosté a dormir pero no pude, no tenía cobija.
En la mañana regresó el señor greñudo y me acompañó en el camino hacia… no sé dónde, pero ya de mucho me comenzó a molestar. Yo me enojé con él y él conmigo; me golpeó y me caí al suelo, ya no supe qué pasó. Entonces él me cobijó, aunque ni frío tenía; me tapó de pies a cabeza, me tapó los ojos. Me desperté pero no me quitaba la mano de la cara.
Seguí tirado en el suelo y aún con los ojos tapados, el señor greñudo me levantó con sus brazos y me trajo a esta cama. Me siento mal.
Díganle que ya me destape los ojos.
¡Díganle!
¿Por qué no me entienden?
El ultimo amor de Rogaciano
De Deyanira Balvanera García
Ay la ay la ay la la la la, eran las palabras del huapango que sonaba en la cancha de la comunidad. Rogaciano tocaba el violín como si fuera la última vez, parecía que las cuerdas se le iban a romper.
Rogaciano sentía que la sangre le corría por todo el cuerpo, al escuchar el zapateo al ritmo de sus huapangos. Cuando llegó la hora del siguiente trio, se metió entre la multitud para bailar con la mujer más bella que había visto, quien vestía su traje de huasteca potosina; él con su guayabera, su fino pantalón y botines lograron distinguirse entre la multitud. Pareciera que quien los veía bailar, caía en una especie de hechizo que los hacia seguir entre la multitud para permanecer al son de ellos.
Lo que Rogaciano nunca supo, fue que esa bella dama iba a ser quien lo acompañara al final del camino entre huapangos y rancheras, para brindarle la mejor de las despedidas.
Y al caer la noche la fiesta se hizo realidad, nada más que el huapango que sonaba era el de Rogaciano, que entre sus primeras letras decía: la huasteca está de luto, se murió su huapanguero, ya no se oye el falsete, que era el alma del trovero…
Mujeres de pechos falsos y rostros manipulados por el bisturí
De Alejandro Echartea
Así de súbito fue su despertar, como con un cubetazo de agua helada, como despertando de una larga pesadilla. La habitación estaba en silencio, es más, toda la ciudad estaba en silencio, todo en escala de grises, todo como en una película de cine mudo.
Pero Román sobresalía, era contrastante con su entorno… literalmente. Como hemos dicho todo era gris pero Román era un negativo, como un negativo sobrepuesto a una vieja fotografía.
Al negativo sujeto le iba importando cada vez menos si lo que lo despertaba era un mal sueño o una pesadilla, porque cumplía diez semanas que su despertar era el mismo, lo que le inquietaba era que no podía recordar detalle alguno de sus sueños.
El resto de su día no nos interesa relatar, el día de hoy igual que el de ayer, y el de anteayer y el de antes de anteayer… salir de casa, ir al trabajo, comer en algún lugar, regresar al trabajo y de ahí a la casa, ¿y para la noche?, sin mayores emociones, acostarse temprano luego de cenar un cereal con sabor a cartón y la leche insípida –para dormir ligero, decía- y a tratar de soñar.
La mañana siguiente era la misma mierda… despertar angustioso, habitación gris, ciudad muda, empleo aburrido… y para la noche cereal con sabor a cartón. De soñar, ni una sola palabra.
Cumplió un año Román de vivir en esta pantomima cuando le dejó de importar todo, la habitación, la ciudad, el trabajo y el cereal, el cielo gris, la noche negra, el perro mudo que ladrada a un gato que no maullaba, la vecina gritando con las manos, los libros sin letras, las revistas con mujeres de pechos falsos y rostros manipulados por el bisturí y el Photoshop.
De los políticos corruptos que hablan de honestidad, de artistas que vendían canciones para la posteridad de una semana, de la moda de las selfies, de la literatura pretenciosa, de la nociva televisión, del periódico mentiroso, de la política, de Dios y del amor.
Fue entonces cuando Román se dio cuenta de algo y era que en aquel mundo gris, aburrido y mudo él era el único que podía hablar… y entonces habló…
El marranito que quería subirse a la silla
De Jair E. Huerta Sánchez
Estaban los marranitos comiendo desperdicios abajo de una mesa, un marranito supo que si llegaba a la silla podría comer algo mejor, pero el marranito por ser pequeño, gordo y de patas cortas, se le hacía imposible llegar. Entonces entre mentiras, promesas y comportándose como un marranito líder, convenció a los demás para que lo ayudaran a subir por la silla, prometiéndoles que desde arriba les ayudaría a bajar mejor comida. El marranito se convirtió en marranote y no compartió con los demás, se dejó llevar por aquel manjar, mientras los de abajo con sobras, se tuvieron que conformar.