Hace algunos días escuchaba a Pablo Álvarez de Uruguay hablar de las políticas culturales de su país y lo exitosas que han resultado en la sociedad. Recordé entonces a los colombianos que hace algunos años vinieron a Tamaulipas hablando de lo mismo y entre el discurso de aquellos y éste, entre las cosas que pasaban entonces y las de ahora no hay mucha diferencia; reconozco que impresiona escucharlos y hasta da envidia de saber que bien andan las cosas por allá; pero eso es América del Sur, junto con muchas cosas espantosas que allá también pasan y que acá no.

Un argentino me dijo hace tiempo en medio de una discusión sobre políticas culturales, que los sudamericanos envidiaban a México porque teníamos algo que ellos no conocían, y era la unidad con que se movía una pluriculturalidad enorme que sostenía una identidad capaz de impedir la fragmentación social y política.

Recordando esto me preguntaba si era necesario invertir escuchando a los extranjeros cuyas extensiones territoriales de sus países podrían caber en algún estado de la república mexicana o si es más valioso ver hacia dentro y abrevar en políticas culturales exitosas que se han dado en México.

A principios de mayo tuve la oportunidad de escuchar una conferencia impartida por Alejandra Frausto titular de la Dirección General de Culturas Populares de CONACULTA, quien había fungido anterior a ese cargo como la directora del Instituto Guerrerense de Cultura, su ponencia titulada “La cultura como elemento de cohesión social” inició con un supuesto provocador: “Se dice que la cultura contribuye al cambio social” a partir de ahí habló de su experiencia como promotora cultural y de algunos programas concretos y sus resultados, realizados primero en Guerrero y después en algunos espacios nacionales a partir del programa de Culturas Populares a su cargo.

La propuesta simple y por todos conocida consistía en la apropiación del espacio público para convertirlo en espacio de cohesión social. Solo que ella hizo algunas acotaciones al margen: “Se debe intervenir el espacio y ya que lo hemos tomado realizando actividades culturales no se debe soltar” es decir, que si se va a realizar una actividad en un espacio público, esta acción debe ser cotidiana y no esporádica, se debe pensar en que ésta debe generar fuentes de trabajo para los habitantes de esa zona intervenida (artesanos, músicos, gestores comunitarios), se deben utilizar en lo posible todos los espacios que estén vacíos y darles vida a través de diversas actividades artísticas y culturales”.

Su mayor recomendación fue que las actividades culturales no deben convertirse en discurso político, en mercado y simulación; pero sobretodo en burocracia. Contó gratas experiencias del programa “Cultura para la armonía” donde el mayor éxito ha sido la orquesta de música de jóvenes acapulqueños “Renacimiento”. Su experiencia me hizo pensar que en México también hacemos bien las cosas, solo hace falta que de vez en cuando nos veamos a nosotros mismos, para reconocernos. E-mail: [email protected]