Había una vez un hombre llamado Locuaz que vivía en un pequeño pueblo. Era un hombre bueno y trabajador, pero nunca había aprendido a leer ni a escribir, era un analfaburro.
Un día el Locuaz recibió una carta de su hermana que vivía en la ciudad. La carta decía que su hermano iba a venir a visitarle y quería que el locuaz lo esperará en la estación de tren, Locuaz se sentía muy emocionado pero también muy preocupado. No sabía cómo leer la carta, no sabía como reconocer a su hermano en la estación. Locochón Locochón pidió ayuda a su vecino, que era un hombre sabio y amable. El vecino le ayudó a leer la carta y le explicó que su hermano iba a llegar en el tren de las 3 de la tarde.
Locochón se sintió aliviado y agradecido, fue a la estación de tren y esperó a su hermano. Cuando el tren llegó, Locuaz vio a un hombre que se parecía a su hermano, pero no estaba seguro. El hombre se acercó a Locochón y le dijo «Eres Locuaz?» Locochón se sintió avergonzado y le dijo «Sí, lo soy, pero no sé leer ni escribir, así que no sabía si eras tú». El hermano de Locochón se rió, lo abrazó y le dijo «No importa», «Lo importante es que estamos juntos ahora».
Y así Locochón y su hermano pasaron un día feliz juntos, sin que la falta de educación de Juan fuera un obstáculo para su relación. Después de que su hermano se fue Locuaz se sintió un poco triste. Se dio cuenta de que su mal crónico que tenía que era el analfabetismo era un obstáculo en su vida y que no podía hacer muchas cosas que quería hacer.
Un día Locuaz decidió que iba a aprender a leer y a escribir. Fue a la escuela del pueblo y le preguntó al maestro si podría enseñarle, el maestro se sorprendió, pero estaba dispuesto a ayudar. Enseñó a Locochón las letras y los números esenciales. Al principio, Juan se sintió frustrado y pensaba que nunca iba a aprender. Pero el maestro que era un ser paciente y muy animoso lo animaba a seguir adelante. Con el tiempo, Locuaz empezó a progresar. Aprendió a leer y a escribir palabras simples, y liego pasó a leer libros y escribir cartas.
Un día Locuaz recibió una carta de su hermano. La carta decía que iba a venir a visitarlo de nuevo, y que estaba muy orgull0s0 de Locuaz, por haber aprendido a leer y a escribir.
Locuaz se sintió muy feliz y emocionado. Sabía que había hecho algo importante, y que su vida había cambiado para siempre.
Así con la emoción a cuestas Locochón siguió siendo un hombre orgulloso de su propia vida.