Bajo el sol victorense, dorado y ardiente,
la Muerte llegó callada, solemne y silente.
Venía curiosa, con paso ligero,
a ver qué milagros forjaba el maestro.
Entró por el puerta y frunció el ceño,
los ruidos, las risas y los sueños;
y al ver los pupitres llenos de vida,
pensó: “Aquí el alma jamás se olvida.”
“¿Quién enseña aquí con tanta entrega?
¿Quién hace del aula una Patria entera?”
preguntó la flaca, con voz asombrada,
y un maestro respondió: “El deber nos llama.”
“Somos quienes sembramos, día con día,
la ciencia, la ética y también la poesía.
De aquí salen mentes, manos y vuelos,
que cruzan montañas, mares y cielos.”
“Doctores, ingenieros, médicos, letrados,
profesionistas justos, artistas alados;
y maestros nuevos que siguen la historia,
manteniendo viva la misma memoria.”
La Muerte guardó un silencio profundo:
“¿Y no les duele cargar el mundo?”
“Sí,” dijo el maestro con voz serena,
“pero lo bello crece cuando hay entrega.”
“Pasamos desvelos, cafés y desganos,
dejando la vida con amor mexicano;
pero ver a un joven cumplir su destino
es premio precioso, camino divino.”
Los salones murmuran lo que no se dice,
los años se mezclan y el gis nos bendice;
y entre pizarrones y sueños cautivos,
florece el futuro en esos rostros vivos.
“¿Y no se cansan?” preguntó el espectro,
“de andar enseñando jornada tras jornada.”
“Se cansa el cuerpo,” —respondió el maestro—,
“pero el alma, flaca, esa para nada.”
La «UNO» respira orgullo y nobleza,
sus muros guardan firmeza y certeza;
allí el saber no es simple doctrina,
es canto, es entrega, es luz que camina.
“Ya no los llevo,” —dijo la flaca llorando—,
“pues ustedes ya viven y mueren enseñando;
su nombre resuena de Victoria a la frontera,
¡la UNO es legado, es llama sincera!”
Ciudad Victoria los mira y los siente,
como se siente el Sol en la frente;
la Federalizada UNO es faro y raíz,
que enseña a vivir y a ser feliz.
Y cuando el crepúsculo tiñe la sierra,
regresa el maestro cansado de veras;
pero su mirada, serena y profunda,
guarda la paz de una causa fecunda.
Porque el que enseña no muere jamás,
su voz se convierte en eco y en paz;
en cada alumno, en cada jornada,
late su vida, firme y sagrada.
La Muerte bajó la cabeza con respeto,
y dijo en voz baja, con tono discreto:
“En la Marte R. Gómez no hay un final,
porque enseñar, maestros… eso es ser inmortal.”