El fin de semana pasado ‘hackearon’ mi cuenta de Facebook un grupo de desconocidos que después admitieron estar bromeando y hacerlo solo para pasar el rato. El asunto me irritó tanto que decidí cerrar mi cuenta porque por primera vez desde que uso redes sociales realmente sentí que peligraba mi información, los datos aparentemente sin importancia de mi vida cotidiana y la intimidad de las conversaciones personales. Las redes sociales son un fenómeno que han marcado los años que van desde el inicio de milenio y ahora existe toda una generación de chicos que no pueden asimilar la vida y las relaciones humanas sin una pantalla de por medio.

Facebook acaba de cumplir 10 años de vida en internet, en México es una de las redes sociales más usadas tanto para el entretenimiento como para dar a conocer lugares, productos, propuestas de activistas y generar millones de dólares al año en publicidad que el usuario, quiera o no, tiene frente a sí cada que inicia sesión. Para muchos (me incluyo) Facebook también es una plataforma para estar en contacto con los amigos e incluso encontrar a personas de las cuales perdimos la pista y poder sentirnos tan cerca de su vida como la distancia de un ‘me gusta’ lo permita. Sin embargo así como es un medio de comunicación y de expresión también es un espacio en el que explotamos nuestro narcisismo al máximo exhibiendo la vida cotidiana como espectáculo al conocido (o desconocido) y proyectando una imagen que muchas veces no coincide del todo con la persona que está detrás de la cuenta y de la foto de perfil.

Así como hay exhibicionistas de la vida cotidiana también hay quienes gustan de ver las publicaciones ajenas o “stalkear” como se dice en el argot de internet y se convierten en auténticos investigadores de amigos en común, contenidos compartidos y perfiles de conocidos y desconocidos. Todos en algún momento lo hemos hecho, yo lo he hecho y sin embargo me sentí sumamente ofendida al descubrir que alguien había entrado a mi cuenta. ¿Tenía razones para molestarme? Claro que las tenía porque se estaba invadiendo mi privacidad. Sin embargo también se trata de una privacidad que compartía con cientos de personas que diariamente ven en sus pantallas mis publicaciones, fotografías, lugares que visito, impresiones de la vida, quejas, alegrías y todas esas cosas que podríamos decirle al que está al lado pero que preferimos lanzar al muro de inicio de Facebook como si se tratara de un mensaje en una botella que se arroja al mar esperando que alguien lo lea. O que muchos lo lean y de preferencia que a todos les guste. Amélie Poulain, la heroína de la película francesa del 2001 que lleva el mismo nombre no usaba Facebook y sin embargo logró encontrar al dueño del álbum de fotos que casualmente llegó a sus manos sin necesidad de echar mano del buscador de internet, Amélie pudo alegrar la vida de las personas que se encontraban a su alrededor sin necesidad de compartir imágenes con oraciones o frases optimistas. Amélie hacía que sucedieran las cosas sin necesidad de un click de por medio.

Si bien la metáfora de Amélie es muy romántica para la vida diaria (no vivimos en una película parisina) me parece que sería bueno aprender a prescindir un poco de las redes sociales y ver que hay un mundo más allá de la pantalla de la computadora, la Tablet o el celular. Yo tengo unos días de haber dado de baja mi cuenta personal y aunque al principio me resultó extraño abandonar la red social que he usado diariamente durante los últimos 5 años he logrado adaptarme bien. Sé que eventualmente regresaré a Facebook al vicio de la exhibición y del voyeurismo, sin embargo de momento y por tiempo indefinido prefiero permanecer en mi exilio virtual. Después de todo siempre me quedará twitter que es de mis males el menor.

Twitter: @cybarron