Ya se ha debatido demasiado a cerca de la reforma petrolera en el terreno económico y político, no así en el plano cultural e histórico de México. Dos son las posiciones que en torno a él se enfrentan; por una parte, los neoliberales que suspiran desde hace más de 30 años con que México esté en el primer mundo y para eso debe abrirse a las corporaciones, a los grandes capitales y pensar en un escenario globalizado donde todo sea moderno.
La otra posición es la de aquellos que atrapados aún en el nacionalismo, consideran que la soberanía radica en los recursos naturales y que por lo tanto se debe evitar que el extranjero saquee esos recursos, como históricamente lo ha hecho desde la conquista española.
La identidad de toda nación se sostiene en el patrimonio que posee y el discurso histórico nacional está fundamentado en los elementos que componen ese patrimonio, es decir, patrimonio e historia van de la mano para la construcción nacional.
El Estado elige todos los elementos que de acuerdo a su discurso histórico le darán fundamento, este patrimonio puede ser natural o cultural, así, vemos que volcanes, selvas, ríos, junto con edificios, iglesias, pirámides, comidas, bailes y tradiciones van a respaldar ese discurso.
En la construcción del México posrevolucionario, cuando las huestes triunfantes tuvieron necesidad de construir su historia partiendo de la satanización del porfiriato, montaron un discurso nacionalista, donde la sagrada soberanía necesitaba además de tradiciones inventadas (como las manifestaciones indigenistas traídas del México precolombino y alejadas de las expresiones reales de los indígenas del siglo XX) una buena dosis de futuro prometedor basado en nuestra riqueza, la joya de la corona, sin duda era el petróleo, que prometía un rico porvenir.
Luis Avelino Sánchez Graillet en su artículo “Apuntes sobre la formación de la idea del petróleo como patrimonio nacional de México” señala que en el imaginario del mexicano, el petróleo ocupa un lugar predominante a pesar de no ser un bien visible o comestible. Y describe que parte de esa idea fue alimentada por la sobreexplotación de los trabajadores, el terror que los petroleros extranjeros sembraban en las poblaciones donde se encontraban los yacimientos y el saqueo desmedido y acelerado que las compañías extrajeras realizaban.
Con este caldo de cultivo, el discurso nacionalista tuvo lo necesario para sellar su proyecto de nación “echar a las compañías extranjeras y entregarle el petróleo a los mexicanos”.
Pero al paso de las décadas, el discurso nacionalista del gobierno revolucionario se agotó y el rico futuro aún es una promesa; el problema entonces sigue siendo que el mundo está en constante cambio y que tal parece, México no puede alcanzar el ritmo de ese cambio.
Ahora, el mismo proyecto revolucionario que encumbró el petróleo como la máxima riqueza de los mexicanos, tiene la necesidad de virar hacia un mundo globalizado donde su discurso histórico de antaño no cabe.
Su problema mayor, la oposición de muchos a la reforma petrolera, se basa en un discurso que ellos habían creado para fundar su proyecto de nación, que al fracasar, intentan desconocer, olvidar y lanzarse a un confuso abismo, donde el petróleo como patrimonio nacional deja de serlo.
La clase política revolucionaria educó a los mexicanos en los valores nacionalistas y puso en el petróleo la fuerza identitaria de la nación; ahora sin discurso convincente, esa misma clase, cambia los valores donde han fundado su sentido de patria y despojan a los mexicanos de una identidad construida por ellos.
Así, para que la reforma petrolera tenga éxito, deberá venir acompañada con el cambio en el discurso histórico, una revisión del patrimonio en el que se funde una nueva identidad acorde con el proyecto de nación que intentan desde hace varios sexenios echar a andar.
Pero lo más importante, implementarla ya, desde ahora en los libros de texto y esperar a que las generaciones vivas de los mexicanos que han pasado por la educación básica mueran para que olviden nuestra grandeza mexicana basada en el petróleo o bien, que se haga una revolución y sobre sus ruinas vuelvan a construir su nuevo proyecto de nación.
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