La primera vez que escuché que las industrias culturales ocupaban el cuarto lugar en importancia económica en nuestro país y que por lo tanto la actividad cultural era una de las más rentables en México, verdaderamente me sorprendí.
Esa noticia era completamente reveladora, porque se asume como doxa que la cultura no es negocio y que el Estado mexicano la considera un lujo por no producir dividendos.
El economista Ernesto Piedras impartía una conferencia magistral en la ciudad de Saltillo con estas afirmaciones; el público lo escuchaba expectante, tal vez por ser promotores culturales venidos de todas partes del país.
La inquietud entre los asistentes se hizo más notoria cuando empezó a proyectar las gráficas que demostraban sus afirmaciones temerarias; ahí, en el rubro de industrias culturales se contemplaba el consumo musical de cualquier tipo, desde grupero hasta clásico, así como la televisión y los espacios de ocio llámense ferias, circos, cines o parques de diversiones. La industria de la música era la que disparaba la gráfica o dicho popularmente era la que engordaba el caldo.
Al término de la exposición las críticas de los asistentes no se hicieron esperar, casi al unísono la mayoría lo cuestionaba sobre la manera en que sus datos engañaban, al meter en el mismo concepto, a la cultura de masas y al consumo de arte, que por cierto casi no pintaba en la gráfica, o medir como una misma cosa el consumo de TV Y Novelas y los libros de García Márquez, Neruda o Benedetti.
Sin ningún empacho, justificó sus apreciaciones con la engañosa idea de considerar, que lo que se media era el consumo y no la calidad, porque esa no era asunto de la economía.
Años después vi publicado su estudio en un pequeño libro titulado “¿Cuánto vale la cultura? que aún se vende con éxito en las librerías, además de contar con muchos seguidores y adeptos.
Traigo a la memoria esto porque el INEGI y CONACULTA han publicaron la tan esperada Cuenta Satelital de Cultura, nombre rimbombante que los organismos internacionales le han puesto a este tipo de estudios para medir actividades insertadas en la economía, pero que están conectadas con otros sectores, como es el caso de la actividad cultural o turística que echan mano de diversos servicios para llevar a cabo acciones que generen ganancia.
A través de una serie de parámetros establecidos por la UNESCO o el Banco Mundial, cada país diseña los propios para medir su actividad; y vaya sorpresa que nos llevamos para México, los titulares alegres de los medios de comunicación nos situaban casi al nivel de Finlandia en materia de consumo cultural.
El Universal por ejemplo decía “Gastamos más en cultura que en luz y teléfono”, y añadía que “3.8 pesos de cada 100 es el gasto total de los hogares para la adquisición de bienes y servicios culturales”. Ningún medio hizo críticas a la información que el Estado presentó con orgullo.
El problema es que tanto en la óptica de Piedras como en la del Estado mexicano todo suma y al final del día consumimos cultura, pero ¿Qué clase de cultura? De masas, chatarra u ocio.
Por ejemplo en el rubro de bienes se mide el consumo de equipos de audio, video, internet y televisión por cable entre otros; en el rubro de servicios llama la atención por ejemplo los espectáculos deportivos, publicidad, agencias de noticias. En servicios conexos está por ejemplo el alquiler de sitios como estadios y un rubro que me llamó la atención es la producción cultural en los hogares, que se refiere al trabajo voluntario que la gente hace en las festividades.
Sin duda, la lectura económica de la cultura siempre es polémica, porque al otorgársele un valor monetario se le convierte en mercancía y por consecuencia en un producto que se consume y desecha, y más aún, cuando la economía interpreta como cultura expresiones que contribuyen a la alienación de la sociedad.
Es decir, se mide solo el capital económico y no el capital cultural y social, que son los significativos en las políticas de desarrollo como vías para la dignidad humana. Los medios de comunicación resaltan nuestro nivel de consumo cultural que se equipara a algunos países europeos, pero habría que ver si la calidad de los productos consumibles es también equiparable.
E-mail: [email protected].