Por Cielo Casique
Un miércoles 18 de noviembre del 2015 aunque para muchos era un día más de la semana en que tenían que cumplir con sus obligaciones de ir trabajar, ir a la escuela y hacer los quehaceres de la casa.
Emma una estudiante del primer año de preparatoria se levantó como todos los días a las 4:30 de la mañana preparaba su rutina de costumbre bañarse, cambiarse, peinarse, ponerse el uniforme, ponerse los zapatos, tomar café, lavarse los dientes y arreglar su mochila para ir a la escuela como normalmente lo hacía. Se despidió de su mamá para salir a esperar su camión.
Transcurrió el día y por la tarde alrededor de las 6 de la tarde cuando Emma regresaba a casa después de un largo día de escuela, dejó sus cosas en su cuarto y salió a la cocina de su abuelita para comer, terminó su plato de picadillo con arroz y frijoles que su abuela preparó y degusto de ese exquisito platillo junto a su familia.
Mientras reposaba la comida estaban pensando en cómo es que cortarían aquel árbol enorme en el patio de su casa.
Aquel hermoso y gigantesco mesquite que tenía toda la vida ahí en ese lugar incluso antes de que la familia Casique Montoya llegaran a ese terreno para habitarlo y formaran su hogar, ellos tenían ya 45 años viviendo ahí y ese árbol les había brindado su sombra por décadas para reuniones familiares, fiestas, cumpleaños y muchos momentos felices y otros no tanto.
Mientras Emma, su hermana y su primo acomodaban la escalera para poder trepar y cortar una de las ramas que estaban un poco rotas porque un día antes había llovido y hecho mucho aire que las rompió y necesitaban cortarlas porque era peligroso pasar por ahí, primero la hermana de Emma fue quien quiso empezar a darle de golpes a la rama de ese mesquite con un machete, mientras le daba de golpes recordó que ese árbol ya estaba grande desde que ella era una niña y les empezó a contar a su primo y a Emma que ella recordaba como su abuelo Cipriano que ya había fallecido siempre apodaba ese mesquite con un cariño y delicadeza porque decía que ese árbol tenía muchos secretos y alegrías guardados entre las ramas y que por más que necesitaran la leña debían cortar con el mayor cuidado posible porque ese mesquite les prestaba una parte de el y que con gusto lo hacía porque a todos los amaba por igual, ya que vio crecer a toda la familia.
Recordó que en alguno de sus brazos que probablemente ya habían cortado con el tiempo hubo un columpio que por mucho tiempo permaneció ahí.
Melidin recuerda que su abuelo siempre hacía las cosas con amor cuando de hacer leña se trataba, cortaba los trozos de rama con aquel cuidado como quien cuida a un bebé y cantando o silbando con ese cariño para que no le doliera al árbol.
Todos esos recuerdos regresaron a sus mentes mientras sabían que tenían que cortar poco a poco ese majestuoso mesquite al que su abuelo tanto cuidaba.
Se llenaron de nostalgia al pensar que al tener que quitarlo es como si estuvieran quitando de su hogar el recuerdo de su abuelo, pero sabían que el pensaría que si era necesario cortarlo para no lastimar a nadie de la familia el lo haría.
