Trump recibirá en su club privado de Miami a varios presidentes de derecha de América Latina, la primera reunión regional que convoca desde que volvió a la Casa Blanca, pero con invitaciones cursadas únicamente a líderes afines a la política de Washington.
El encuentro se realizará el sábado tras una racha de victorias de candidatos de la derecha –algunos más que otros- en los últimos meses en países como Bolivia, Chile y Honduras. Ellos compartirán mesa con otros mandatarios que ya establecieron una estrecha relación con la Casa Blanca, como el argentino Javier Milei, el salvadoreño Nayib Bukele, el ecuatoriano Daniel Noboa o el paraguayo Santiago Peña.
La cumbre puede ser el inicio de una mayor cooperación y coordinación entre estos países, mientras Estados Unidos insiste en su estrategia de frenar los avances de China y su influencia en la región, plasmada en el nombre del evento: Shield of the Américas (Escudo de las Américas). Desde el triunfo de Jair Bolsonaro en 2018 hasta la reciente victoria de Kast en Chile, Trump ya está consolidado como un referente para líderes de la derecha, en ocasiones como faro ideológico y en otras más como un modelo del discurso, con políticas no siempre aplicables en otras realidades.
Una América Latina a su imagen y semejanza
“El trumpismo es una fuerza muy contundente de inspiración para las extremas derechas latinoamericanas”, dijo a CNN sociólogo argentino Ariel Goldstein, académico especializado en el estudio de los movimientos conservadores.
Para el investigador, la cumbre es un intento por fortalecer los lazos de espacios políticos que ya están entrelazados en foros como la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) y los organizados por el partido Vox en España. “Es un entramado muy vinculado, un paso más en la idea de generar unos mini Trumps”, señaló.
Goldstein explicó que, sin embargo, hay varias semejanzas y diferencias entre los líderes invitados a Miami. “Kast viene de una línea más conservadora, reaccionaria. Milei es al revés, viene de una línea más libertaria y luego da un giro conservador. Es también el más personalista”, ejemplificó. En cuanto a las similitudes, dijo que “son satélites del trumpismo, fuertemente conectados en lo ideológico”, incluyendo estrategias discursivas que apelan a lo emocional.
Los gobiernos invitados a la cumbre tienen algunas agendas en común, como las políticas de mano dura contra la inseguridad y la lucha contra el crimen organizado. Si bien algunos líderes, empezando por Trump y su lema “Estados Unidos primero”, abogan por políticas nacionalistas, ello no necesariamente choca con la idea de multilateralismo, ya que hay otros intereses, marcados también por una batalla cultural. “No importa la coherencia doctrinaria. Lo que importa es la movilización de afectos, la polarización. Pese a las diferencias, lo central es un enemigo, el supuesto comunismo”, agregó Goldstein.
En la ola neoliberal de los años 90, hubo algunos intentos de instancias regionales, principalmente de fondo económico, como la consolidación del Mercosur o la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Más recientemente, 2019 fue un año de numerosos gobiernos de derecha y centroderecha en el continente: además de Bolsonaro, gobernaban Mauricio Macri (Argentina), Sebastián Piñera (Chile), Iván Duque (Colombia), Lenin Moreno (Ecuador), Mario Abdo Benítez (Paraguay), y Juan Orlando Hernández (Honduras), entre otros.
La coordinación entre esos líderes resultó en movimientos más coyunturales, como el Grupo de Lima, enfocado en la crisis política en Venezuela.
La cumbre en Miami se realiza tras la captura del presidente Nicolás Maduro y en un momento de máxima presión sobre el gobierno castrista en Cuba.
La cita “es un intento de reconfigurar los espacios de discusión internacional”, declaró a CNN la historiadora argentina Valeria Carbone, especializada en política estadounidense desde una perspectiva latinoamericana, quien consideró que Trump, con otras instancias como la Junta de Paz a la que también invitó a sus aliados, está creando organismos alternativos a los que Washington impulsó décadas atrás. “Quiere ser primus inter pares”, señaló.
Carbone indicó que la Casa Blanca intenta “cooptar ciertas voces que no desafían la propuesta” del mandatario, un objetivo que Trump plasmó en su nueva agenda de seguridad nacional publicada en diciembre, en la que hace explícito su plan de reunir aliados y expandir su presencia.
“Hay un esfuerzo coordinado, tratando que los gobiernos afines lo sean ideológicamente con una determinada práctica política. Hay gobiernos de derecha que no necesariamente adoptan ese lenguaje del trumpismo, otros más proclives a participar de la derecha cultural y otros tienen ciertos aspectos de su política que no son tan fuertes”, consideró Carbone.
La analista también remarcó que las políticas que predica la Casa Blanca no pueden ser plasmadas por igual a lo largo del continente. “Las necesidades internas de Argentina no son las mismas que las de El Salvador. Adoptan un lenguaje diferente. Los problemas de El Salvador o Nicaragua con inmigración son diferentes a los que pone sobre la mesa Argentina. El lenguaje que se utiliza para eso es muy diferente al de Argentina, que es una réplica del trumpismo con ciertos grupos de inmigrantes”, explicó. Por ello, considera que el trumpismo define un esquema general “y luego cada gobierno toma elementos que más se acomoden” de ese plan.
Carbone también pone algunos paños fríos a lo que puede significar el foro en cuanto a la integración. “Que haya coincidencia ideológica es diferente a coordinación. Cuando hablo de coordinación, pienso en un movimiento regional, tratar de establecer acuerdos regionales o políticas”, expresó. “Los esfuerzos de coordinación existen, pero veo más una bajada de línea que un ‘tratemos de ponernos de acuerdo’. No hay un espacio de discusión, hay más subordinación”, aseveró.
Por su parte, Goldstein consideró que esos esfuerzos están emergiendo y todavía es pronto para descartar una mayor articulación.
Pese a la detención de su líder, el bolsonarismo “sigue siendo una fuerza importante” en Brasil, y en otros países la situación es incipiente. “Kast es toda una novedad, está a punto de asumir (la presidencia). Milei está intentando hace dos años estabilizar la situación, es relativamente reciente, así como el segundo mandato de Trump”, repasó. “Es probable que derive en formas de articulación más organizadas, que se empiece a construir un eje más sólido (…) a tono con el interés de EE.UU. de tener una presencia más activa. No lo estamos viendo ahora. Es temprano en términos políticos”, añadió.
En ese sentido, sin que la derecha haya concretado por el momento una oleada similar a la “marea rosa”, esa tendencia de gobiernos progresistas que comenzó a fines del siglo XX tardó varios años en concretar organismos multilaterales: pasaron varias cumbres hasta la formación de la Unasur en 2008, mientras que la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), también impulsada por líderes de izquierda, fue fundada en 2010.
“Es probable que se intente hacer algo así”, dijo Goldstein. “Hay un interés de Milei en liderar una organización así, alineado con Trump. Si el gobierno argentino está en mejores condiciones de avanzar, puede suceder”, comentó. Sin embargo, ve más difícil una instancia de coordinación Sur-Sur, como la Celac que no incluye a Estados Unidos ni a Canadá. “Es difícil pensar en una articulación sin EE.UU.; será distinto de la Unasur y Celac porque no va a estar fuera, es el actor central”, agregó.
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