Quizá una de las partes del cuerpo más cuidadas por el ser humano es el cabello por lo que es común encontrar tantas estéticas como restaurantes en la ciudad. A lo largo de la historia el cabello ha formado parte importante de la moda y de la imagen, ya sea porque enmarca el rostro o porque en la forma de llevarlo se destaca la jerarquía o clase social. En el caso de las mujeres el pelo y el peinado son rasgos que caracterizan al género, no en vano la historiadora Michelle Perrot en su libro “Mi historia de las mujeres” dedica varias páginas a hablar sobre el cabello y la pilosidad en el cuerpo de la mujer porque además de ser características naturales también son elementos de identidad y de historia para el género femenino por toda la carga metafórica que conllevan.
Durante las últimas décadas del siglo XX con los avances de la ciencia cosmética los productos para el cuidado del cabello se han multiplicado exponencialmente y los consumidores también. Hay muchas marcas en el mercado que prometen la belleza en un frasco de champú y demás complementos que las personas compran con el afán de sentirse satisfechos ya que si no tienen el cuerpo que la moda dicta al menos tienen el pelo bonito. Y es que muchas mujeres ponen en el cabello la carga simbólica de sus estados de ánimo, de su personalidad, belleza y edad.
Así como hay una gran cantidad de productos para el cuidado del cabello también hay una amplia gama de tintes para el pelo al alcance de cualquiera. Cambiar el color del cabello ahora es más fácil que hace 30 años, basta con ir a la farmacia o supermercado más cercano y lanzarse a la aventura de probar todos esos tonos que no existen en la naturaleza capilar. Incluso he escuchado a mujeres que como símbolo de su situación emocional más que de moda cambian el color de su cabello cada determinado tiempo. Ahora es así pero antes pintarse el cabello era hábito de quienes deseaban ocultar los primeros signos del paso de los años y cubrir esas canas incómodas que a todos tarde o temprano nos llegan.
Desde hace unos años empecé a ver en mi cabello (el cual no he teñido en toda mi vida) algunas canas que tímidamente se escondían entre los largos mechones de pelo negro. Como cualquier chica de veintitantos la preocupación apareció ¿es que los primeros signos de vejez empezaban a tocar a mi puerta a dos décadas y un par de años de vida? Aún cuando muchas personas lo aconsejaron pintarme el pelo no era una opción, después de todo un par de cabellos blancos no significan el fin de la juventud. Sin embargo resulta curiosa esa negación a las canas, sobre todo en las mujeres ya que en los hombres esos ‘hilos de plata’ son socialmente aceptados. Una mujer con canas es para muchas personas símbolo de descuido, falta de arreglo o en el más extremo de los casos de vejez.
En cuestiones de política e imagen pública son contadas las mujeres que ostentan una cabellera natural con o sin canas, es más, tal pareciera que lo mexicanamente aceptado es que las figuras de mujeres con jerarquía pública tengan el cabello teñido. Así esposas de presidentes, gobernadoras, funcionarias públicas y jefas de departamento tienen un código no declarado de negar las canas y pintarse el cabello, a veces no tanto por gusto propio sino por cumplir con una imagen política socialmente aceptada. Quizá sea más común ver a mujeres orgullosas de sus canas en cuestiones de cultura donde en teoría están todos aquellos que desafían la moda establecida y que poseen una visión más amplia.
Ahora mis canas se han multiplicado y hay quienes se horrorizan y las señalan como el fin del mundo. “Tienes canas” me dicen, esperando que me apene o disculpe mi falta de atención en la imagen de mi cabello. Pero no es así, es más puedo decir que me gustan mis canas por su aspecto rebelde y que no encajan con la uniformidad de mi cabello negro. Me gustan como metáfora natural al paso del tiempo y a la subversión que llevarlas con orgullo representa. Definitivamente para mí por el momento pintarme el cabello no es una opción.