A partir de los años 50’s, en el contexto de la crisis global económica, social y espiritual que dejó la segunda guerra mundial, la filósofa francesa, Simone de Beauvoir, compañera de Jean Paul Sartre, publicó sus reflexiones críticas sobre dos tabúes, de los que hoy se habla abiertamente, pero que, en ese entonces permanecían ocultos y negados bajo lo que ella llamó “conspiración del silencio”.
Había víctimas que sufrían por esos tabúes, pero prácticamente estaba prohibido hablar de ellos, como si no existieran. La gran mortandad, enfermedad y discapacidad que la guerra causó en los hombres jóvenes y adultos, provocó que emergieran tres sectores de la población inicialmente relegados, en la sociedad industrial, por “improductivos”: los niños, las mujeres y los viejos.
Simone puso en el centro del debate público a los dos últimos grupos sociales. Al de la mujer, en su obra “El segundo sexo” (1949), en el que denunció y describió como la sociedad patriarcal, mediantes su sistema económico y cultural, discriminan y subordinan a las mujeres.
Afirmó que no es la biología, sino lo social lo que construye el estereotipo y roles de mujer que le convienen. Pese al escándalo que esta critica causó y sigue causando en una amplia gama de sectores conservadores como los modernos libertarios, sus conceptos se fueron incorporando al pensar y hacer del movimiento de emancipación femenina, hasta constituir el actual sólido marco legal, político, económico, social y culturales a favor de las mujeres. Aunque, en muchos países y vida cotidiana, este marco es letra muerta, es innegable como base para que las mismas mujeres mejoren su situación en la sociedad.
El otro tema de esta filosofa sacó a la luz y puso en discusión, es el de la vejez, en un largo ensayo que publicó en 1970 y que tuvo una amplía difusión en los 80’s, preludiando la Primera Asamblea Mundial sobre Envejecimiento, que la ONU efectuó en Viena del 26 julio al 6 de agosto de 1982, que generó 62 recomendaciones, que tomaron forma en 2002 en el Plan de Acción de Madrid, durante la Segunda Asamblea mundial.
Para Simone, en la vejez, tampoco es la biología la que condena a los viejos a ser relegados, a la pobreza, la enfermedad, la soledad, a ser estigmatizados y situados en la antesala de la muerte.
Como en el caso de la discriminación de las mujeres, Beauvoir señala que esta situación de la vejez en la sociedad industrial moderna, no solo es por biología, sino una condición impuesta por la estructura social y modo en que opera la economía, que descarta a quienes ya no son productivos en el mercado de trabajo.
Afirma que este modo de vivir la vejez no solo es externo, es decir, de cómo una sociedad valora y trata a sus viejos; sino además interno, que se expresa en la manera en que una persona se ve, se experimenta y se trata a sí misma como anciano; de cómo asume y sufre psíquica y existencialmente ser viejo en la sociedad y la familia en vive.
El tabú que pesa sobre la vejez en la sociedad industrial moderna, es una de las razones por la que se han probado diversos términos que oculten o disfracen la pérdida o dilución de su connotación original de persona sabia, venerable, de respeto. Así se han utilizado las de: anciano (persona de antes), senil (persona de edad avanzada, con decadencia física o mental), adulto en plenitud (con una intención positiva y optimista de revalorizarlo), de la tercera edad (hasta los 80-84 años de edad, de la cuarta edad (la etapa final de la vida, después de los 85 años) y más recientemente persona adulta mayor (desde un enfoque de derechos humanos).
Vivir en México en la condición de ser viejo o de ser mujer, ya implica desventajas considerables; pero hay personas que reúnen estas dos condiciones, y además sumadas a otras agregadas que se constituyen en factores de exclusión y categorías o criterios sospechosos, desde el punto de vista, de los derechos humanos.
Así, ser mujer adulta mayor y adicionalmente pobre, vivir en una localidad rural, pertenecer a alguna etnia de pueblos originarios, ser afrodescendiente, vivir con alguna enfermedad crónica o padecer alguna discapacidad, configura una situación compleja de interseccionalidad o vulnerabilidad cruzada o múltiple.
Este último término, propuesto 1989 por la jurista Kimberlé Crenshaw, permite identificar y analizar jurídicamente, cómo se entrelazan y se acumulan estas diferentes identidades para generar formas particulares de discriminación que el Estado debe prevenir y atender en su realidad compleja y no solo ocuparse de una de ellas.
Cuando el número de personas adultas mayores, no supera el 5% del total de la población, los Estados pueden dar mayor prioridad a otros grupos sociales como el los jóvenes en edad productiva, sin que genere un evidente malestar social. Pero cuando ese porcentaje asciende al 8, 10 y 20%, se trata ya de un problema no solo de envejecimiento personal de abordaje clínico; sino de envejecimiento poblacional avanzado que debe plantearse como problema demográfico, de salud pública y de macroeconomía, pues compromete el crecimiento del PIB, la sostenibilidad fiscal, la productividad laboral y el ahorro interno de un país. Actualmente el 12% de los mexicanos es adulto mayor, para 2040 el 20% lo será.
En EEUU y Europa el envejecimiento poblacional y su impacto económico, político y social empezó a hacerse evidente desde los años 50’s. Para los años 70’s varios países europeos como Alemania diseñaron e implementaron los primeros planes económicos, pensionarios y de seguridad social para enfrentar esta megatendencia mundial. La ONU con sus Asambleas Mundiales sobre el Envejecimiento de 1982 y 2002, con sus Planes de Acción y la Década de Envejecimiento Saludable 2020-2030, han configurado un marco político y jurídico de una política mundial ante los enormes retos que plantea el envejecimiento a nivel mundial y regional. La mala noticia es que, no es jurídicamente vinculante, es decir obligatorio.
Sin embargo, América latina, va un paso adelante en el mundo, pués con su Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, que sí es un tratado internacional vinculante, da una base qora que países como México lo haya incorporado en su Ley de los Derechos de la Personas Adultas Mayores, con la cual se compromete el Estado mexicano a garantizarles una vida digna, salud, igualdad y protección contra la violencia. Tamaulipas cuenta con una Ley Estatal derivada de la nacional.
Son leyes y políticas públicas, que para que se hagan realidad dependen de la voluntad de los gobiernos, un proyecto de nación que las incorpore y fortalezca, de una base financiera sostenible, de instituciones y programas eficaces, pero sobre todo de una población adulta mayor políticamente y socialmente activa y comprometida.
El perfil de una vejez en pobreza, con enfermedad, sin seguridad económica, sujeta a violencia en sus diversas formas, no es un fantasma, sino una realidad que amenaza no a algunas personas que tienen la mala fortuna de ser adultas mayores, sino a 17 millones de personas a nivel nacional y 500 mil en Tamaulipas.
Ojalá que todo lo anteriormente expuesto a su generosa consideración, sea suficiente motivo para que, en este mes y día internacional del Adulto Mayor, que se conmemora en agosto, el gobierno, la sociedad civil y cada uno de nosotros, reforcemos los preparativos para enfrentar con éxito, como personas y como sociedad, la etapa de la vida, que debería ser una bendición y no una de angustia y desesperanza: la vejez.