Hace días leí la novela gráfica “Pyongyang” escrita y dibujada por el canadiense Guy Delisle  en la que el autor relata una breve estancia que por motivos laborales tuvo en la capital de Corea del Norte a principios de la primera década del 2000. Ya antes me había acercado al trabajo de Guy Delisle en otra novela gráfica en la que cuenta su estadía en Shenzhen, China y como me gustó mucho su forma de relatar esos detalles de la vida cotidiana en países con una cultura, estructura social y política muy diferente a la occidental, tuve la seguridad que ‘Pyongyang’ no me defraudaría. Corea del Norte es un país que en últimos meses ha estado encabezando los noticieros a nivel mundial por la tensión de un ataque nuclear que existe con los Estados Unidos. Fue por esa razón y también porque como ya dije me gusta mucho el trabajo de Delisle que me animé a leer “Pyongyang”. Visto desde los ojos de cualquier extranjero Pyongyang, la capital de Corea del Norte, es un lugar completamente cerrado en el que la palabra libertad es algo que existe como definición pero no en la práctica diaria. De hecho, Corea del Norte es uno de los pocos países que aún se mantiene bajo un régimen totalitario que gira en torno a tres personajes: Kim Il-Sung, primer gran líder del país que duró en el poder desde 1948 hasta su muerte en 1994. Su puesto lo heredó su hijo Kim Jong-Il quien gobernó hasta el 2011, año en el que falleció. Y así es como llegamos a Kim Jong-un, hijo de Kim Jong-Il, nieto de Kim Il-Sung que hasta la fecha es el gran líder y el que hemos visto en las imágenes de los noticieros recientemente.

Al saber esta forma en que se ha ido heredando el poder de generación en generación cualquiera podría pensar que este tipo de gobiernos pertenecen a otra era y al saber las condiciones de extremo autoritarismo y control en el que vive la población de Pyongyang hasta extrañaría el por qué hasta ahora no ha habido algún levantamiento social. Sin embargo, Delisle en su novela cuenta que tal parece que la población acepta de forma sumisa el gobierno militar y al menos las personas con las que se rodea durante su estancia parecen estar no solo de acuerdo sino convencidos de que el gobierno del entonces líder Kim Jong-Il es lo mejor para la población. Delisle se pregunta en varias ocasiones cómo puede haber una sociedad que solo tenga acceso a los medios oficiales, que no exista más que una sola estación de radio y que todo el entretenimiento que se le ofrece al pueblo tiene que ver con historias heroicas sobre la mártires de la revolución norcoreana y que el gran villano en su historia es la influencia del capitalismo norteamericano en sus países vecinos. En Pyongyang todo está controlado, los horarios de tránsito en la vía pública, la forma de vestir tiene que ser decorosa, no existe alternancia en los medios de comunicación, quien se opone al líder es acusado y desaparecido y por todos lados se ven imágenes que ensalzan las acciones heroicas de los grandes líderes pese a que las condiciones de desabasto alimenticio en las zonas rurales es alarmante.

Al terminar de leer la novela uno se queda pensando “¡qué bueno es vivir en un país libre como México!” Sin embargo al hacer un análisis de las noticias que sucedieron en mi país en los días siguientes creo que esta aparente libertad en la que vivimos quizá solo sea una forma de disfrazar prácticas de un gobierno muy parecido al de Pyongyang. Por ejemplo, salieron a la luz los gastos exorbitantes y fuera del presupuesto aprobado por los estados para gasto en imagen pública. Haciendo un recuento rápido de lo que vemos diariamente en la calle ¿cuántos espectaculares, carteles o spots de radio y televisión vemos diariamente que realzan la figura de los gobernantes como si estuvieran haciendo lo máximo por el país? Al menos yo al siguiente día de haber leído Pyongyang conté cerca de 10 veces en las que en mi tránsito diario y en los medios que consulto aparecía publicidad gubernamental. En los siguientes días supe que se despidió a un monero que publicaba en Milenio porque sus viñetas ofendieron al gobierno, ese caso puso en relieve el asunto de la censura en los medios de comunicación así como el monopolio de la información por unas cuantas televisoras que aunque no son explícitamente oficiales son las que manejan casi por completo la imagen del gobierno en turno. Y qué decir de las familias y los apellidos que se perpetúan en el gobierno, así no podemos criticar que el hijo, del hijo, del hijo del máximo líder de Pyongyang esté en el poder si aquí tenemos al sobrino, del tío, del hermano, del primo y todos esos apellidos comunes en el gobierno de nuestro estado y de nuestro país.

Leer “Pyongyang” es leer un testimonio de un extranjero en un lugar que podría resultar sacado de una novela de George Orwell, incluso él mismo en varios episodios piensa que está viviendo “1984” en carne propia. Quizá para nosotros eso pueda ser ajeno a nuestra vida y pensamos que el gobierno que tenemos no es del todo malo después de leer la situación en la que viven los norcoreanos, pero si nos ponemos a pensar que quizá la idea de nuestra libertad sea la manera en que somos controlados podremos ver que, en cierta forma, no estamos tan alejados de la manera en que se gobierna en los países totalitarios.