Pertenezco a la generación posterior a la liberación femenina; a fines de los años 70 no había en los salones de clase de primaria y secundaria distinción entre hombres y mujeres más allá de sentarnos separados, cuando cursé el bachillerato y la universidad, esto se diluyó y podíamos sentarnos donde quisiéramos.

No recuerdo expresiones machistas de parte de mis maestros hacia sus alumnas, nos educamos en un verdadero ambiente de equidad; pero conforme fuimos avanzando en los grados académicos, se fueron quedando cada vez más compañeras de pupitre en el camino.

Unas decidieron casarse, otras trabajar, algunas por elección propia otras forzadas por las circunstancias, a medida que el camino se fue haciendo estrecho para acceder académicamente, descubrí que la equidad escolar era relativa, porque tuvimos que lidiar con la vida, el trabajo, la mayoría con los hijos, con los maridos, con los ex, con las dificultades económicas, con las circunstancias adversas por ser mujeres. Me consta que dentro de las aulas la equidad de género existe, pero no fuera, en la vida diaria, en una realidad que determina las oportunidades (tiempo, dinero, espacio) para seguir estudiando.

Al tocar la campana por la obtención de mi grado doctoral en el Colegio de Tamaulipas (Coltam) he pensado en todas las mujeres que me han acompañado a lo largo de mi vida académica desde que era niña; se dice que alcanzar un grado académico es complejo, sin embargo, también estoy convencida de que la vida de todas ellas ha sido aún más compleja que la mía, porque seguramente, mientras  me he sentado a leer y escribir, ellas han tenido que cumplir duras tareas para resolver la vida diaria. He pensado también en mis alumnas, a las que deseo que tengan una vida más cómoda que la de sus madres y abuelas, y algún día puedan colgarse las medallas que dan los grados académicos.

Por todo esto, dedicó este grado académico a todas las mujeres que me antecedieron: a mis hermanas, ejemplo de trabajo y constancia; a mi madre que nunca se rinde, a mis tías ejemplo de amor, mis abuelas, mujeres valientes; a mis maestras que han inspirado mi quehacer. Vaya también dedicado a mis compañeras de escuela, primaria, secundaria, bachillerato y licenciatura, por los sueños tantas veces acariciados y para mis alumnas, con el deseo firme de que algún día me superen y sean mejores en todo.

Mi agradecimiento al Coltam por impartir un Doctorado en Ciencias Sociales y a la plantilla de profesores que fueron generosos compartiendo sus saberes y ponderando nuestras circunstancias, especialmente a su impulsor el doctor Marco Aurelio Navarro Leal que en forma visionaria y pragmática nos impulsó a cursarlo, cuidando siempre la calidad académica de los programas.

A mis compañeros de doctorado Emilia Vela González, Gerardo Flores Sánchez, Rafael Sáenz Rangel, Lidda Consuelo Delgado Cortina, Juan Hugo Zúñiga Bocanegra, Zayonara Páez Olvera, quienes sabiendo que estábamos en el mismo barco remaron solidariamente para arribar a puerto seguro, compartiendo sus experiencias y estableciendo lazos firmes de amistad académica.

A mis alumnos que fueron el motor para estudiar y terminar este grado, por escucharme tantas y tantas horas de clase hablando de patrimonio cultural y paisaje, producto de mis investigaciones sobre el tema de tesis, especialmente a Ana Juárez Hernández quien me auxilio en la parte bibliográfica, a Luis Ángel Guerrero Uribe quien colaboró en la corrección de estilo, a José Oscar Ortega Morín en la elaboración de mapas.

Agradezco especialmente a mi director de tesis el doctor José Luis Pariente Fragoso, quien siempre me alentó, me tuvo paciencia y respetó mis tiempos;  gracias por su trato siempre amable y generoso, porque a pesar de la distancia, ocupaciones y prioridades, mantuvo firme su promesa de dirigir mi tesis de grado.

Finalmente a mi querido Ambrocio, quien me ha acompañado en la realización de muchos sueños, especialmente el de estudiar juntos un doctorado, haciendo del diálogo cotidiano una conversación fructífera.

Cuando éramos pequeños jugábamos a las escondidas y si lográbamos burlar a quien le tocaba buscarnos, corríamos a sonar una lata vieja en un una piedra para gritar “Salvación para mí y para todos mis amigos” y de esa forma quedábamos liberados del que nos buscaba; así, al tocar la campana del Coltam recordé el juego y como una forma de reencontrarme con la memoria, quise dedicar con su sonido este grado doctoral a todas las mujeres de mi vida.

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