En la copa de los árboles o en el techo de una casa alta se pueden ver los patios que tienen patio de piso de concreto muy amplio, luego un jardín donde cabe el pasto, plantas de este trópico, belenes, rosales, geranios, gladiolas, crisantemos del rumbo, amarillos y blancos, y terecitas que crecen solas en las banquetas, techos. Poco se usan el pico y la pala.

Se ha de ver la ciudad con un trenecito de juguete cruzando el cuarto, alejándose para volver más tarde o al día siguiente. Es como una calle. Hay pájaros que cantan, otros conversan hasta ya tarde y hay los que palpitan en las márgenes del río. La ciudad parece un gran árbol con sus cúpulas y campanarios verdes.
Con las risas el sol pinta de alegría las mañanas. El sol deslumbra a los ojos que se acostumbran de a poco hasta que reconocen el gran poder del sol y bajan el perfil al suelo. Las calles se humedecieron con el rocío y se respira todo eso que se junta en la noche y escapa por una ventana de la mañana.
Como cuadrícula de un cuaderno se puede dibujar en el plano de la ciudad, en el llano aún hay cosechas de maíz y ganado. Amanece primero en los resúmenes en la tierra, taladros enormes del tamaño de quien lo sostiene. Debajo de los techos amanece.

Las urracas repiquetean en el aire su tañido extraño, papalotes pequeños que saludan desde los cables y los rompe.
En las azoteas y más abajo en las calles ocurre el oxígeno, el aire limpio todavía. Se canta en las duchas, se encienden las luces de los baños, y luego se apaga la ciudad por un instante, para que el sol salga. Si no, no sale.
Con el dedo índice alguien enciende la primera licuadora y que comience el baile. Luego salen los platos y el perfume en las mesas se confunde con el del almuerzo y el shampoo aun en el cabello.

Se ve quién sale, cuántos se quedan y qué hacen. En las casas siempre hay alguien. Se escucha un perro ladrar, ojalá no muerda. Una casa sola se ve triste con sus ojos cerrados, el pasto alto, más alto que la sombra de los cuartos. Si te asomas, ahí están todos los ausentes. Y el último que se fue no ha vuelto, lo están esperando todos.

Si supieran, desde arriba se ve todo, hagan la prueba señores. Nada más no se quiera aventar desde el techo porque es inútil. Antes, el viento movía las antenas y siempre había alguien en el techo durante los partidos cuando iba perdiendo el equipo favorito y marcaban un penalti, no sabías si en favor o en contra. Se iba la señal y volvía cuando quería. Había quienes habitaban esos techos y los especialistas en instalarlas de modo que apuntaran a la loma donde estaba la repetidora. Usted no se acuerda ya de eso señora.
Desde el tejado se ven otros tejados escurridos con ladrillos rotos, varillas, mini Split nuevecitos, tinacos y lugares vacíos. Hay techos más arriba que tal vez lo vean a uno más pequeño pero este es tu techo y tu escalera. Subes y ves las estrellas.

Los techos contienen una historia muy distinta a la nuestra. Sin disimulos, al descubrirte se sabe quién es quién, quién con quién, y por qué. Un hombre en el techo es carne de cañón, tiro al blanco, antojo de una piedra en la mano, bájate de ahí muchacho. A nadie contará lo que vio a dos cuadras, que vio el tren como un juguete grandote.
Se ve quienes se andan escondiendo o a quienes nadie busca. Se ve a los que andan corriendo y a aquellos que no fueron pero nadie pregunta por ellos. Se ve al elotero que se fue temprano y nadie supo para donde. Se ve al que se ríe solo y al que llora de veras.

Se ve en el tendedero la camisa que no secó, pero también se vio al responsable que la mojó con su pistola de agua. Hay niños haciendo burbujas de jabón, una cubeta amarilla, el lavabo y el perro que salió a la calle. Se vio quien le abrió la puerta para que saliera.
HASTA LUEGO