Desde un árbol se logra ver el techo de las casas. Desde el techo se pueden ver parte de la ciudad y los húmedos techos de los cuartos replegados unos con otros como los minutos. Pasa el tiempo por ahí, de aquí lo veo atravesar la calle, cruzarla de un lado a otro hasta que cae la tarde.

La ciudad es de día y el sol domina las conversaciones de las personas que lo miran. El sol avanza como un crucero en medio del océano y nos lleva a su precipicio extraño de sortilegios. Pasajeros con destino a la luna favor de abordar antes de que nos caiga la noche y no podamos vernos a los ojos.

Esta es la ciudad, el gran invento del hombre que nos une y nos separa. La ciudad de las puertas y de las paredes. La ciudad de la gente, de las hormigas y los gatos. La ciudad de los framboyanes y un río que pasa en medio de los carros con dos bulevares para los sueños rotos. Para los hog-dog y para los amores. Para los microbuses y las bolsas de mandado.

Por las calles asechamos al transeúnte ingenuo que nos sonríe sin embargo o con donaire, con su estrella o su estrés, con la prisa o la pausada charla de quien no tiene qué hacer. Acudo de incógnito como cualquier otro día de suerte. Cierro los ojos y un ruido los abre, un presentimiento del que hay en las ciudades.

Con miles de pájaros cientos de carros no me permiten elegir uno de ellos para describirlo. Hay una larga hilera antes de que se ponga la luz verde que de pronto resplandece. Y alguien, nunca falta uno, hace sonar su claxon para que inicie el concierto. Los edificios bailan como gigantes del espectáculo si sabes usar los ojos y distinguirlos de las ofertas.

¿Qué horas son estas para ver desde un árbol? Pregunte usted en la esquina por la calle del fraccionamiento. Por la colonia ya sabe usted dónde hay perros de los que ladran. Hablémonos de tú con la confianza con la cual sembraron un poste en la esquina con otro árbol.

Mueves las manos y son aspas de helicóptero, aviones de guerra sin tregua. Caminas sin arrastrar un costal, corres y dejas atrás la mirada y lo que nadie más que tú y yo vemos desde un árbol.

La ciudad habla con voz estridente de vendedora ambulante, de risas provenientes del tumulto. Entre todos hay uno que escucha desde el silencio, pero nadie lo ha visto. Para entonces el tiempo ya quebró los vidrios y dos desconocidos los repusieron. Los podrías reconocer si los vuelves a ver y te olvidas. Tal vez estuvieron contigo en sexto, en la escuela Adalberto J. Argüelles.

Eres el olvido y de los olvidados. Hay un tiempo en el cual nadie nos recuerda ni recordamos. Andamos en babilonia, en trafalgar o en Antofagasta, pasaste las calles sin darte cuenta. Ahora eres un extraterrestre, un Dios, pero a nadie revelarás el secreto. Entonces despiertas y no es cierto.

En medio de las casas entre pequeños canales se cuela el canto de la cigarra y una nave. Desde luego el zumbido monótono del aire acondicionado de la casa da al lado, que da a otra casa con el aire acondicionado encendido, en un competencia contra el recibo. Son cosas que no se oyen si dejas de escuchar cuando hablas.

Las banquetas son puentes a otros mundos en movimiento. Son andenes de una estación de autobuses que no se anuncian en los abordajes. Hay quien elige imaginar que va por un sendero solitario. Repentinamente despierta y es cierto.

Desde un árbol se siente la nostalgia del tiempo pasado y respiras el viento de nuevos sueños. Se ve el camino largo e interminable. Interesante y seco, duro e intenso. Tranquilo y violento. El camino entre más difícil más bonito y más si lo ves desde un árbol de maguacatas.

HASTA LUEGO.