Alunos todavía conservamos al compañero que se sentó con uno en el salón de la escuela primaria. Los mesa- bancos eran para dos alumnos hasta ya entrados los años finiseculares del siglo XX.

Con deliberada nostalgia se recuerda al pequeño personaje que convivió con uno esa infancia con gusto o a regañadientes. Ojalá y él se acuerde igual de uno y sienta lo mismo. Te sentabas con él y se sentaba contigo. Se saludaba uno con los dientes pelones y de mano el otro te retorcía los dedos, hasta que llorabas.

Fueron escuelas de la época pos revolucionaria como hechas con ese entusiasmo renovado, con grandes ideales y escuelas que asemejaban cuarteles militares. No obstante a finales de siglo eran escuelas casi listas para un museo. Los nuevos programas de infraestructura escolar modernizaron las escuelas y con ellas se acondicionaron los bancos haciéndolos más personales.

Hoy, la dirección de la escuela se llenó de celulares, la secretaria cambio de peinado, y la máquina madreada fue y personalmente, en recursos materiales, la cambió por una computadora donde checa sus redes sociales en sus ratos libres. De aquel tiempo es la vidriera con la bandera intacta y un pisapapeles de piedra que ya no se sabe qué es.

El mesabanco podía moverse como un barco al rededor de la escuela y pasaban años antes de que volviera a su lugar de origen. Uno podía seguir el oficio de navegante.

Éramos dos en aquel combate que recuerdo haber ganado. El primero de muchos. Mientras un compañero recogía un borrador del suelo, el otro echaba aguas y cubría las espaldas del compañero en aquella guerra que era la escuela. Los maestros preguntaban la historia, la gramática de repente y había quien contestara rápido. Otros aún no contestamos, nos quedamos viendo la geografía y el arte en los rayones del mesabancos.

Más abajo del mesabancos, si te esforzabas, encontrabas chicles de menta pegados que todavía hacían globos y recordaban al plástico. Descubrías la larga ausencia de la franela del conserje por las tuercas enormes y por donde a veces circulaban tarántulas y alacranes.

Abajo, si metías la mano, en una pequeña gaveta del escritorio encontrabas el libro y luego la página 49 del cuaderno de trabajo casi invicto. Sacabas de ahí en cambio las tareas no hechas por todos los niños descalzos y con los pelos parados que ahí se habían sentado y habían reprobado tres veces sexto año en 1923, año en el que se construyó la escuela con sus paredes de sillar y techos de cal y canto. Después lámina acanalada por donde pasó la lluvia durante años.

Conocías a fondo y sobre la superficie, casi ahogado, a tu compañero de banco. Él sabía de tus pies cochinos y gruesos de los que no extrañaban los zapatos y criticaban a los otros entre una orda de descalzos.

Fueron demasiados torneos de vencidas, demasiadas las veces en que me dormí ahí como si fuese mi cama. Y desperté un día como este. Escribo sobre el lomo tejido con aquel tiempo de los mesabancos.

El recuerdo es el pasajero de aquel barco de madera. Antes de llegar a cualquier parte, volteo a ver aquella mañana de mi vida, antes de que suene el timbre para salir al recreo. Le escribo a mi compañero de marea alta en la infancia. Escribo sobre la madera descascarada de aquel mesabanco que deshice para reconstruir el barco que me lleva.

HASTA LUEGO.