Seguramente usted como yo, y como muchos victorenses de la vieja guardia, desde el principio de la vida conoció a los «cuicos». Sí , esos seres que vestidos de azul y cachucha defendían a capa y espada y hasta las últimas consecuencias el bando de policía y buen gobierno.

Quizás no se los presentaron, pero los conocieron y antes de ir a las tortillas los vio pasar por la calle como fantasmas. Pero reales. Aquí en el espacio de Últimas Noticias dimos a conocer durante 8 años la crónica de su dolche vita. Siendo ellos el nomber guan de la colonia, los ídolos del barrio, los peores nada de las querreques.

Ellos, por mucho fueron la causa y efecto de lo que pasaba en las colonias. Nadie, me queda claro, les pudo quitar el protagonismo del que se decían víctimas. Un cuico, sin ánimo de ofender, era guapo según quien lo viera, pero por lo general eran feos de un concurso que no se hacía porque de cincho lo ganarían y perdería sentido la vida así como la conocíamos. Su condición física inigualable te permitía escapar de ellos a dos metros de la cachetada.

En la sombra podías medir su prominente trompa y oler el crudo resoplido cuando te caían en bola. Perdían porque perdían. Y ellos mismos, si por error involuntario ganaban, se hacían los occisos y hacían trampa, se caían de la troca para que el mundo se riera aunque nadie se riera, en eso consistía el patrullaje, andar por la calle dando vueltas y volver a darlas para hacer su reporte sin novedad en el frente con chingos de faltas de ortografía, que requerían de un traductor ya pedo que no fueran ellos.

Eran los encargados de llevar sanos y salvos a la ergástula municipal a los borrachos y ebrios escandalosos que pardeaban por las tardes. Ellos inventaron la patada guajolotera y la practicaban a diario pues no se sabían otra, si les enseñaban otra, la volvían guajolotera que era una manera académica de perder el día. El instinto era su arma secreta contra los canes que los perseguía de
oficio.
Muchos traían un hacha atrás de la oreja, otros traían una sandia en la panza con la que asfixiaban toda posibilidad de ponerle jorge al niño y sin embargo increíblemente todos corrían al detectar el peligro para darle puche a la patrulla. Sé decía que su filosofía puesta en práctica equivalía a un doctorado de los que aún no había, cuyo lema como el de kalimán era ser valiente con las mujeres, tierno con los malvados e implacable con los niños. Así no era pero nadie los hizo entrar en razón, ellos lo practicaban con devoción.

Había niños que deseaban ser como ellos pero no sucedió. Había que tener valor para ponerse el uniforme y sonreírle a la cámara y esconderse atrás de la máscara después de una masacre que por lo regular les ocurría con su mujer en casa. El zape era otro recurso para someter y quien recibió uno de esos aún lo recuerda. Recuerda la mano gruesa como rama de huizache golpear la cabeza o rasparla, convertirla en piedra y dejar una huella que por más que uno se bañe no se quita.

Lo traes más en la mente que en la cabeza. Si te rascas el zape retoña. Se nacía cuico. Y por lo mismo no requerían exámenes de ingreso para pertenecer a ese noble cuerpo policíaco. Un cuico no dejaba de ser cuico ni para andar franco, por su forma de caminar cae que no cae lo podías reconocer de lejos. De cerca no era prudente que lo conocieras, acercarte era irte luego a curar de espanto, tardar un rato para recuperarse o llegar a la conclusión que lo que viste no fue cierto.

Ignoro- como muchas cosas que no sé- lo que ocurriría si la generación de cristal que nos persigue los viera, si los cuicos retoñaran y anduvieran libres por las calles con su mirada sanguinolenta, su lento andar, haciendo una cosa a la vez, viéndolo a uno cuando uno no los mira. HASTA LA PRÓXIMA