“Así como me ves, te veo”, le dijo ella. Y él, apesadumbrado, sólo pudo musitar: “Pues…sí”. Qué otra cosa podía decir si ella lo había pillado en su desconcierto, porque al reencontrarla treinta años después, no pudo reprimir su asombro al ver que la hermosa jovencita de la que se había enamorado en la época estudiantil, era ahora una ajada y pálida reliquia.

Se conocieron en una escuela preparatoria de Monterrey e iniciaron un noviazgo platónico, propio de la época, en que el pudor femenino era un preciado tesoro que el galán no osaba ultrajar.

Hacían juntos las tareas, iban a pasear los domingos tomados de la mano en la Alameda y a escuchar música de Los Plater´s y de Elvis Presley en la refresquería de moda. Ella pedía una malteada y él un raspado de limón.
Nunca se declararon su amor, porque eran tímidos, pero platicaban a sus amistades íntimas que estaban muy enamorados, que era un noviazgo formal y algún día se casarían…

El le profesaba un profundo respeto, nunca se propasó, ni siquiera le dio un beso, porque no veía en ella un pasatiempo o amorío. Merecía un trato diferente, especial, ya que algún día sería su esposa y la madre de sus hijos…
“Mujeres para retozar sobran, son fáciles de hallar y ella…ella no es una mujerzuela”, reflexionaba.

En cuanto a ella, se mantenía fiel a los valores que le habían inculcado. “Una mujer sin recato es tachada como una cualquiera, no la toman en serio…”

Le habría resultado fácil seducirlo, acelerar los tiempos, pero no corría prisa porque era dichosa en su hogar paterno.

Hacían bonita pareja…

Provenían de familias muy respetadas, con un blindaje moral que nunca taladró el chismorreo pueblerino.

Egresaron de la preparatoria y para proseguir sus estudios, él decidió trasladarse a Ciudad Victoria. A ella le afligió la separación, habría querido seguirlo, pero acató el consejo paternal: “Es inapropiado que una joven de tu edad viva sola en una ciudad desconocida…”

Era el principio del fin…el preludio de un romance inconcluso…

El día que lo despidió en la central de autobuses, se declararon su amor, se formalizó el compromiso: “Cuando me reciba, nos casaremos” dijo él y la besó por primera vez…

Los fines de semana se trasladaba a Monterrey para pasarlos en compañía de su amada.

Corriendo el tiempo, el alargó sus viajes. Ahora eran cada quincena, después cada mes…

Se produjo luego una laguna de varios meses, hasta que él jamás regresó.

Ella ignoraba que él se prendó de una avispada morenita a la que sí le urgía escapar del hogar paterno, así que lo sedujo y forzó al matrimonio.

La joven regiomontana esperó su retorno…hasta que su belleza se fue con la juventud y se quedó solterona. Cuando quiso casarse, el candidato nunca llegó…

Su antiguo enamorado, su primero y único amor, hizo su vida y nunca la buscó. Ni siquiera para ofrecerle una disculpa o por curiosidad. El romance juvenil era asunto olvidado…

El, eso sí, viajaba con su esposa e hijos a Monterrey a visitar a sus padres y saludar a sus amigos, y – me contó- que ni por casualidad se topó con su novia preparatoriana.

Y así pasaron 20 años…

Un día, andando de compras en Soriana Contry Monterrey, coincidió con ella en una de las cajas.

Se miraron de refilón varias veces: ¿Será o no será…”

Al fin se reconocieron y en sus miradas había asombro, desconcierto…

Ella: regordeta, pelo teñido, discreto maquillaje en el rostro pálido y arrugado…

El: con lentes, calvicie avanzada, pintoresca barriga, tez apergaminada…

Se quedaron como petrificados, hasta que ella rompió el embarazoso trance, bromeando:

“¿Cómo pasan los años, verdad?, así como me ves te veo…”

Pues sí, se limitó él a decir casi susurrando, porque en esos instantes estaba recordando que “No hay mejor caricaturista que el tiempo” y aquellos versos que leyó en su juventud, que entonces no tenían sentido y ahora sí:
“Juventud, divino tesoro

Que te vas para no volver,

Cuando quiero llorar no lloro

Y a veces lloro sin querer…”