El otro lado siempre fue tenebroso. Los chiquillos de entonces y los de ahora no queríamos asomarnos. Yo menos. Ahora ya grande con el colmillo retorcido y el alma perdida no estoy seguro de hacerlo y he pasado varias veces por el sitio a ver si todavía están los platanales que se multiplicaron como nosotros por el vecindario.

Ahí esta aún el baño de ladrillo que nos hospedó por años arrancados de cuajo por el tiempo. Había lugares donde nunca daba el sol y crecían los belenes a propósito.

Y claro, la barda de sillar. El otro lado inexpugnable de un simple vistazo, era cierto, ahí estaba resistiendo al tiempo. En cambio de otros edificios aledaños no se podría decir lo mismo: los hicieron refaccionarias, tiendas de autoservicio.

Aquella vez esperamos con impaciencia a que llegaran las doce de la noche y todo sereno. Dos horas antes en que nos fuimos quedando solos. Mauro, mi mejor amigo de la infancia–que digo amigo, casi mi hermano carnal- y yo decidimos quedarnos, esperar a que llegaran las doce para trepar la barda tenebrosa y cruzar, chingue a su madre, aquella frontera.

No es que fuésemos muy valientes, que de nada hubiera servido tampoco, eso ya lo sabe uno, sino que Mauro tenía en mi una confianza aterradora que hasta daba miedo. De modo que cuando le propuse ir a ver al otro lado de la barda en aquel maldito momento de cuál no quisiera acordarme aceptó en corto, aunque por lo mismo luego de dos semanas sin dormir nomás de andar pensando en la noche prometida, que estaba ahora ahí, metida en el cuerpo y replegada en nuestros pantalones del miedo,miedo, no dormíamos.

Ambos estábamos ya arrepentidos de la idea de averiguar lo que había del otro lado, detrás de la leyenda. Y si nos hubiéramos rajado nadie se acordara de eso. Pero ahí estábamos, ya ve usted cómo es uno de huevudo, estábamos dispuestos a negar por las afueras nuestra más profundas culerias.

Rajarse en este momento equivalía a que lo vieran a uno correr por la calle huyendo al destino y perderse para siempre en la interminable y loca carrera de aquellos que se acobardan. Eso todo mundo lo sabe. Y nosotros pues también lo sabíamos y de nada nos servía. A poco con saberlo iba uno a sacar valor cualquier día, nombre, estábamos más allá que para acá.

El otro lado de la barda siempre fue el monstruo sagrado, la fosa común del terror intocable acaso para la imaginación de la niñez.

Para mí en lo personal, quienes habitaban al otro lado hominoso de aquella pared mohosa y gruesa, no era un algo bajo cuyo nombre nosotros pudiésemos andar cargando toda la vida. Platicarlo por ahí a los chiquillos como si nada. Pero había que reservarlo para cuando fuéramos grandes y tuviéramos una explicación, cualquiera que esta fuere. Y crecimos con muchas ganas y poco esfuerzo.

Yo pasaba a diario para ver a quienes ahí se quedaron… gente extraña que habitaron aquella casa conforme pasaba nuestra existencia por la vida.

Aún en clases me daba por pensar en aquella barrera imposible. En las tardes del verano la observé por largos periodos de historia, de hormigas que treparon con la enredadera de hojas puntiagudas que daba vuelta a la casa y retornaba de nuevo a la maceta gigantesca.

La barda ilusoria de mi infancia en la realidad no existe. Pero en mi mente ha sido cierta. La he brincando para saber lo que hay del otro lado, asomarme al otro lado del espejo inagotable del agua que escurre del tejado de mi infancia. Asomarme al otro lado del miedo y a la vez encontrar un sitio distinto a lo que fue mi hogar. Serciorarme de que había otras casas, y más que eso, había otras bardas.

HASTA LA PRÓXIMA