Hay oficios cuyo perfil incluye cierto parecido físico. No que se haga a propósito, pero es un asunto de identidad. Una pequeña comunidad de personas que usa lentes o que tienen una forma de existir que conecta con otros colegas: unos tirantes de granjero, el pelo corto, un machete en la mano, un estómago vacío y otro lleno, pero todos trompudos.
Ser mexicano es un oficio que nos identifica en todo el mundo. Nos escuchan hablar y no tardan en saber que eres mexicano. Es de tamaulipas dirán otros, por el acento cantado como huapango. Es del sur, cerca de un dialecto, hay mayas y cientos de lenguas, pero siempre hay algo en común que nos distingue. Y es que ser mexicano está cabrón donde quiera que se ande.
En México antes veías aquí a un cuico o policía municipal y ya los había visto a todos. Uno espera que el arquetipo se cumpla y que el carpintero saque el lápiz de algún sitio de la oreja. Empresas extranjeras pedían un perfil de estatura alta cuando llegaron a México, eran fábricas alemanas. Pusieron banquitos.
Para ser chofer de autobús, si no te parecías, buscabas parecerte aunque no supieras manejar. Tenías tu pegue con las muchachas y el deber de disimularlo por completo. Usar wildrot del que brilla en la oscuridad. Entre 100 andan buscando al chófer y todo mundo sabe cuál es desde que llegó al baile, como metiendo freno de motor antes de detenerse.
No va muy lejos. Hay sitio donde no entras sin lo menos casimir inglés. Y así como andas, con camiseta tipo polo, te van a confundir con uno de los que acomodan carros afuera con uniforme y todo. Asi es que agarra lo que te den y pélate.
En el fútbol pareciera que no, pero ser de estatura baja cuando se es lateral favorece a la estrategia y si aparte tiene velocidad es cuestión de equilibrio, donde a veces pierde el que cae primero al suelo.
De lejos hasta por la forma en que se bajan de los carros y caminan sabes que ya llegaron los de la prensa. Dice la señora, no vayan a decir nada y todas hablan y nadie dijo qué cosa, dónde, porque ellos supieron solos.
Sabes que son reporteros sin que lo digan porque tampoco traen un bulto de cemento en las manos, no se observa otro oficio distinto al de querer ver lo que pasó aunque no haya pasado nada. Es por si las dudas.
De esa suerte hay personas que siempre traen corbata negra, un gafete, una bata, un estetoscopio, un lápiz en la oreja, una cámara, un peso en la bolsa. Lo haces porque lo pide tu trabajo o porque no se suele andar a gusto en la oficina con cinto piteado y pantalón vaquero.
Los paleteros tienen una forma distinta de pregonar que los que venden pan. Los que venden pan tienen mucho estilo según la colonia, pero todos son el mismo y ya les quedan las últimas piezas, la última concha para el señor de la privada. Las señoras que salen de las casas a comprar el pan también son las mismas, preguntan por la que nunca trae, terminan comprando una o ninguna porque un señor se las llevó todas.
En ningún puesto de trabajo se requiere ser diferente para integrarse, no tienes que tener un dedo de más o el cabello verde. Al contrario, el ser humano busca mimetizarse entre sus iguales y compra el mismo sombrero, de la misma marca y en el mismo pueblo, con el señor que los hace en el patio, sino no cuenta.
Dicen que con el tiempo los subalternos aprenden a silbar de igual manera que el jefe, tratan de oler igual y de aprender las mismas canciones para no desentonar a  la hora de que estén sanos o ebrios. Hay un oficio de ser mujer desde que ella se levanta y mueve una parte de su cuerpo, y un oficio de hombre también en un planeta donde se oficia esta existencia.
Con la espectacularidad de haber nacido semejante a otros, hemos creado formas, techos, tribus, pequeños pueblos para cantar en las barcas. Allá  van los de la comisión con su cinturón grueso y su casco amarillo. Cómo lo supiste? Hace rato se fue la luz por la casa, qué suerte, ahí va la tribu que instaló los cables.
HASTA LUEGO.