La vida de ahora ya no es cómo antes, ya no existe esa simpleza, seguridad, clima agradable, aguas recorriendo el río San Marcos y la economía que antes reinaba en la ciudad capital.

Gracias a la infancia y adolescencia de la generación que actualmente enfrenta la vida adulta se puede apreciar el cambio drástico en los estilos de vida, ya que ellos son los que más aprecian los cambios, los cuales llegan como golpes al estómago a media noche en tiempo de soledad.

Los recuerdos que antes eran vivencias agradables ahora son amargos como limón. Cuando eras un niño y visitabas la tienda de la esquina, con diez pesos era suficiente para satisfacer los deseos de devorar golosinas e incluso te sentías millonario. Una bebida fría, una bolsa de papitas y un dulce sólido o chicle era lo mínimo que podías comprar, ya que podrías correr con la suerte de comprar dos o tres caramelos más, dependiendo de tus dos elecciones anteriores.

Poco a poco esas generaciones apreciaron como la bolsa de papitas subia de precio a causa de todo lo que estaba sucediendo en el mundo exterior; acciones en las cuales la sociedad sólo observa que suceden, pero no actual, hablan sobre ello, pero no realizan nada por un cambio, sólo se quedan sentados esperando que alguien más lo haga por ellos; la bolsita que antes costaba dos pesos subió a tres, luego a cinco, luego a siete, luego a ocho… hasta llegar al precio de trece pesos por bolsita, la cual parece estar más llena de aire que de producto comestible. Todo sucede porque esa pequeña acción que realizamos o dejamos de hacer activa un efecto domino, el sigue con rumbo fijo en su propósito y sin detenerse, sumándose entre más para llegar a un resultado que, usualmente, es para el mal colectivo, cómo la contaminación, el tirar la basura en la calle, una acción que realiza más de una persona, contribuyo en el clima que nos rostiza vivos hoy en día.

Es parte de la naturaleza buscar al culpable en las personas que nos rodean, en las cosas que forman parte de nuestro entorno, pero nunca nos culpamos a nosotros mismos, nosotros somos inocentes si algo malo sucede, aun cuando nadie más se involucro en nuestras decisiones. Todos están mal, menos yo, sin darnos cuenta que nosotros somos los primeros en arruinar nuestra propia vida y en inyectar veneno en nuestra sociedad.