Lo que se habla es la pintura de las construcciones, el mapa de donde queda una casa, en cuál de todas vives, cuál es el sueño a donde vas, y para qué cosa haces esto y lo otro. Podría ser una historia fantástica que alguien con credibilidad nos inventa.

Cada palabra cubre un espacio necesario y encubre otro que se oculta pero existe. Desde un sitio vemos otros, escuchamos palabras encima de otras y cogemos aquellas que nos nombran, las hacemos nuestras, mil veces dichas en similares circunstancias.

Igual ocurre con las emociones y los pensamientos, que siendo nuestros pasaron antes por el mundo para instalarse en la geografía donde hacemos una vida distinta igual que ninguna.

Entonces no somos lo que dicen, no lo que creemos ni lo que estudiamos, no somos nadie. Venimos de otro planeta y el futuro incierto es la única herencia.

Si hablas, otros lo harán con mayor entusiasmo, dirán la palabra exacta y no la que dibuja, como la tuya que se dispersa en mil significados como una fiesta donde todos cumplen años.

De pronto nadie cumple años. Todos se han marchado, queda en la vista el mudo espacio de una sola palabra detenida en el borde antes de que todos se marcharan. Hablas y tú mismo tienes la respuesta errónea.

Es que el largo viaje de una palabra a la boca está lleno de espinas y cristales rotos, de esquirlas y portazos. Desde la intención, antes de salir al ruedo donde suele ser apedreada, coge aire y sale inspirada y única.

Las palabras se parecen a sus dueños y cuando se dicen caen en la realidad con lo que significan. Fueron hechas con imágenes cristalinas, en resumen de lo que leímos y escuchamos, cuando encendemos el noticiero callejero o apagamos la voz para escucharlo todo.

Cada palabra espontánea dicha de repente con los gestos perfectos, con el énfasis del temple y el coraje suficiente, es una piedra, es un fierro atravesado a medio camino junto al lavadero de ajeno.

Un día juntas todas las palabras y las acomodas en la mochila desechable. Sales de casa y vas pensando. Llevas dos buenos días y un «hola» a quien lo diga primero. Hay quienes no saludan. Y de pronto alguien, con el rostro sonriente entre la gente, te habla en el lenguaje con una corriente eléctrica inalámbrica, sin broncas.

Estás de aquél lado de la primera palabra y sigue otra si quieres seguir conversando antes de que se te vaya la paloma. Casi escuchas «adiós, nos vemos» en el lenguaje de las hojas caídas, encuentras las manos y las esperas para decir la segunda palabra con las que sigues en esta vida.

Poco a poco la primera palabra se vuelven muchas, un texto largo e indescifrable, imposible por inútil, un resúmen, una retórica de otro mundo. Si las recuerdas todas, las palabras eran aquellas que ahora olvidas, cuál fue la primera palabra que dijiste.

Esta es la última y pudiera haber otras, muchas más, las palabras no se cansan de existir mientras respiras. Y por dentro traman una hoguera en el patio, una carne asada.

En tu ausencia las palabras se refieren a ti como a otra persona. En un listado de 30 aparece tu nombre, lo leyó medio mundo en la escuela, en la espera, frente al ministerio público. Luego las palabras siguieron su curso, cada una en su andamio, cada una en su viaje.

Eres un hombre común, según la ficha biografía y antropomórfica, en un resumen cabello negro, ojos negros, complexión mediana, nariz desviada, mentón en loceta hendida por un rayo, pero nada de eso te nombra, si los escuchas, otros irán a ver si son ellos. Hasta que oyes tu nombre… y sales para siempre del olvido.

HASTA LUEGO .