Hace algunos años entre un grupo de chimpancés de un zoológico se determinó primero cuál de estos ostentaba el liderazgo de su grupo, donde bastaba una mirada o un gruñido para ser obedecido por el resto. Se aisló al líder y se le colocó detrás de una fuerte ventana de Geisel de donde él pudiera observarlos, pera que no pudieran oírlo, ni advertir su presencia. De inmediato se encontró que su testosterona que es una sustancia hormonal ligada al liderazgo disminuía y que un miembro del grupo comenzaba a obtener el liderazgo vacío y por lo tanto aumentaba en él esta hormona.

Al principio el líder anterior gruñía amenazante, pero nadie lo advertía y con el paso de los días se fue apaciguando hasta admitir que habían quedado el resto fuera de su influencia. Al pasar un buen tiempo en esta condición de aislamiento y ser regresado al grupo, nadie lo reconocía y terminó por aceptar las nuevas condiciones, semejante a los leones vencidos a los que les han quitado la manada y por tanto es expulsado, sin las hembras y cegada la vida de sus cachorros.

¿Qué tiene que ver esto con el comportamiento de un hombre al abandonar el poder? En Estados Unidos durante el siglo XVIII John Adams hizo tal coraje al momento de ser desplazado por Jefferson que salió de la Casa Blanca a media noche para no presenciar el momento del ascenso de su sucesor. Aunque después en vano trataron de persuadirlo que ahora pasaba de mandatario cuya misión es servir a los mandantes, a ciudadano lo que constituía un ascenso. Algo semejante ocurre con diferentes matices en la vida de los hombres al salir del poder y sobre todo en los últimos días en los que nadie lo secunda y la soledad le hace sentir que sus fuerzas lo han abandonado.

Hoy en día pienso en Trump y en el caso de México me asomo a los sentimientos de nuestros ex presidentes. Recuerdo a Echeverría que no se bajó del carro donde iba su sucesor José López Portillo pensando que la amistad de su juventud reclamaba aun su presencia hasta que Estado Mayor lo puso en un carro al llegar a Palacio Nacional y lo remitió a su casona de San Jerónimo. Me parece ver aun a López Portillo al salir del Auditorio Nacional y tener que esperar por casi una hora el carro junto a una de sus hijas embarazada para irse a la casa de las Lomas de Hank González pues no habían terminado aun la colina del perro. A Miguel de la Madrid y su esposa salir escurrido tras la entrega del poder a Carlos Salinas. Al propio Carlos que pensó que Zedillo no sacaría las uñas y días después puso entre rejas a su hermano Raúl. Al propio Zedillo que no sale del exilio autoimpuesto en Estados Unidos. Que decir de Fox que pensó en su prebostazgo y su jugosa pensión en San Francisco del Rincón de donde hoy no puede salir. De Calderón al que nadie puede convencerlo de su locura, que ni a él ni a su mujer nadie los necesita y si quiere juzgarlos. A Peña Nieto que al salir del poder primero se exhibió en su futileza y hoy permanece oculto en España. Y la pregunta siguiente es ¿qué hará el peje cuando este día llegue inevitablemente?

Pero en estos días mi chango favorito es Donald Trump, desde antes de la elección este mamífero homínido lucía con toda su soberbia y testosterona que lo mismo le llevó a superar un contagio de COVID 19 en tan solo tres días, que a bailar al son de las multitudes que lo acompañaban; a declarar su victoria anticipada; a mostrarle al mundo su poder y la noche misma de la elección al festejar su triunfo, ignorando los votos recibidos por correo que eran próximos a cien millones de votantes. Los días pasaron y al enterarse de que su rival había ganado en Estados tradicionalmente Republicanos como Georgia comenzó a despotricar ante los medios hablando de un supuesto fraude y fue el primer momento en el que cadenas como Fox se deslindó del presidente cuando había sido su principal impulsor.

Quiso judicializar su demanda y no aportó prueba alguna a su dicho; pretendió obstaculizar el reconocimiento mediante la interrupción del proceso de trasmisión del poder entre ambos gabinetes y la situación se torno tensa; buscó la Corte Suprema e igualmente fue rechazado, dejándolo con cajas destempladas; se orientó hacia el Colegio Electoral para que en una operación inédita le trasfirieran los votos de Biden a su causa y solo se le ratificó su derrota. Buscó en la fracción republicana del Senado y el líder de la mayoría no siguió su causa por estar perdida. Hoy en sus últimos días pretendió convencer al Secretario de Estado de Georgia que alterara la elección y lo único que se hizo fue exhibirlo al revelar la conversación del presidente. Las cosas finalmente han llegado a la absurda pretensión de que sus partidarios dieran un golpe de Estado a su favor y la respuesta ha sido contundente, en efecto animado por algunos cientos de simpatizantes les pidió interrumpir la tradicional ratificación por el Congreso y los lanzo a una aventura de la que resultaron 5 muertos y millares de detenidos pues como sabemos fueron a devastar el Capitolio, pues más que partidarios de Trump, eran neonazis, anarquistas, toda suerte de personas fanáticas y núcleos de idiotas .

¿Qué pudiera hacer en estos días? Arrastrar al país a una guerra de última hora, negociar para que dentro de cuatro años él vuelva a buscar el poder, previo a que sea perdonado de sus bribonadas o esperar a que la Justicia lo alcance a él, su familia y negocios sucios. Cómo dejar atrás el poder, su impunidad, sus privilegios por supuesto que no es fácil, sino me atrevo a decir imposible. Me imagino a una persona que deposita todo su ser en algo tan externo y transitorio como el poder. Donde una mirada es suficiente para amedrentar a cualquiera; donde el insulto y la grosería tiene que aceptarse sin replica por venir de quien viene; donde el poder económico, político, militar y social te acompaña en cada paso y todo esto que termina siendo cotidiano concluye abruptamente como un sueño que quisieras continuar porque te has despertado en un extraño lugar al que pertenecías.

Hoy su salida es cosa de días y al igual que el chimpancé que era líder ya no se escuchan sus gruñidos y amenazas, ha perdido toda capacidad de negociar una salida honorable; ha ofendido al sistema que lo elevó y por tanto dinamitó su base y derrumbo su propio pedestal. Sin embargo, si Trump ha perdido, la personalidad autoritaria que persigue a la sociedad norteamericana se mantiene y sigue vigente como nunca. Ayer se llamo Trump, mañana habrá otro sujeto que recupere el mismo esquema que las viejas derechas e izquierdas representadas por Hitler o Stalin que siguen aun proclamando su resurrección en otro personaje. Un mundo de exclusiones, discriminación, servilismo, engaño, mentiras, corrupción, fanatismo, ignorancia, represión, estulticia, incapacidad y falsedad ocultas tras el lenguaje del hombre corriente y desinformado que por su simpleza no ve más allá de su desinformación e instintos primitivos, pues son los mismos que apoyaron el ascenso de dictadores, que enviaron a la muerte en movimientos sociales y guerras mundiales a millones de hombres, al sembrar las semillas de la división y del odio que resurgen como las cabezas de la Hidra que vuelven a crecer al ser cortadas, para protegerse tras ellas. Por lo que ya tenemos aquí mismo sucesores de esa fatídica corriente.