El tiempo de espera puede ser muy relativo, hay personas que esperan el amor de su vida y envejecen sin perder la esperanza, hay otros que esperan la felicidad y cuando llega no la reconocen, otros más que esperan un buen trabajo sin saber que el tener trabajo ya es mucha ganancia, también están los que esperan hacerse ricos y no compran ni un billete de lotería, alcanzar el éxito, tener fama, pero no lo logran.

Hay otros que desean cosas más concretas y accionan para lograrlas como inscribirse en la universidad para obtener un título, casarse para tener hijos, ahorrar para comprarse algo que desean. En fin, esperar es parte de nuestra vida, todo el tiempo estamos esperando, para cosas pequeñas y grandes, para el largo plazo, para la siguiente hora, para los sueños inalcanzables, para obtener algo en abonos chiquitos. La vida trascurre así, ya decía Renato Leduc: “Sabia virtud de conocer el tiempo” en aquel soneto donde, entre otras cosas deseaba perder el tiempo. Y según las encuestas de la felicidad en el mundo, una de las cosas que al mexicano le provocan felicidad es no hacer nada, es decir, perder el tiempo.

Así, cuando entramos en tiempo de contingencia y nos resguardamos desde hace 10 meses, muchos, en la sorpresa, no supimos cómo gastar el tiempo, otros aprovechamos para limpiar los closet y las alacenas, otros tantos, en ver todas las series de Netflix, otros más aprovecharon para emprender negocios caseros y otros como en mi caso, hacer proyectos pendientes como cultivar un huerto.

Pero todos, sin excepción entramos en un tiempo de espera; esperar a que pasara la contingencia, esperar a regresar a nuestros lugares de trabajo, a la escuela, a la oficina, esperar a regresar a la normalidad, a reunirnos, a comer juntos, a viajar, a soplarle al pastel, a abrazarnos, besarnos al saludar como se acostumbra en Ciudad Victoria, a ir a las fiestas para bailar payaso de rodeo, asistir a misa para darnos la paz y comulgar en la boca, a la playa cuando haya multitud, por aquello de que es cuando más ambiente hay, ir a los conciertos multitudinarios, meternos en una sala de cine y comer palomitas en medio de tantos desconocidos, compartir de nuestros plato, probar la bebida ajena.

El tiempo de espera sigue trascurriendo y en ese tiempo, hemos podido emprender muchos proyectos o no hacer nada, pero todos seguimos esperando, de diferentes modos y fórmulas, sobrellevando las horas, los días y los meses. Me pregunto cómo sería la vida de quienes vivieron escondidos durante años en la Segunda Guerra Mundial, metidos en habitáculos estrechos y sucios, esperando que la guerra terminara, pienso también en los presos que duran años purgando condenas y pienso también en los que siempre esperan, esta humanidad, que no cesa de esperar.

Alguien decía que el final de la pandemia estaba ya cerca, yo no lo creo, me parece que solo pasaremos a otra etapa, al siguiente nivel, como en los videojuegos, de mayor complicación que abrirá otras formas de espera. Otras formas de vivir, donde el esperar sea la mejor forma de sobrevivencia, como hasta ahora. Para terminar, envío un saludo a mis amigas Silvia Chessani y Gloria Tovar para que en la espera no desesperen.

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