Una de las cosas que más me causan satisfacción como profesora universitaria es leer textos de quienes fueron mis alumnos, cuando estos son bastante buenos, es decir, no solo con buena redacción y sintaxis cuidada, sino también profundos y que aporten ideas para que los demás podamos comprender y sentir la vida. Por eso esta semana, les presento un texto de Ana Juárez Hernández, que me envío hace algunos días, a propósito de lo que más duele durante la pandemia, la distancia social. El título de la columna corresponde también al texto.

El mundo estuvo en peligro muchas veces debido a cataclismos, revueltas, atentados, maremotos y asteroides no televisados que lo acecharon a lo largo de su existencia. Pero a pesar de tantas amenazas, permaneció ahí… incólume. Tuve que volverme mayor para descubrir los ritos secretos que se practicaban para sostenerlo.
Para empezar, en el campo de la física se llevaban a cabo series infinitas de ciclos elípticos, -lo dicho-, ciclos interminables de abrazos de padres a hijos, de niños a abuelos, y de millones de vecinos que estrechaban sus manos. Las miradas eran devueltas y, cuando un par de amigos se encontraba en el camino, el brazo de uno era arrastrado por un fenómeno magnético hasta que la palma tocaba el hombro del otro, síntoma inequívoco de que la atmósfera estaba a salvo.

Cuando la tragedia se asomaba para cualquiera, los ojos respondían con el grado preciso de humedad marcado por el higrómetro. Los latidos apasionados de los corazones se coordinaban para emitir el zumbido que daba cuerda a los engranes geotérmicos del centro del planeta. Así, millones de pequeños y grandes actos permitían que el mundo siguiera girando.

Esta verdad tras los fenómenos gravitacionales me fue revelada cuando hube terminado la universidad. Escuché por vez primera la expresión de boca de mi eterna maestra tras una reunión de bohemia: “Hemos salvado el mundo”. No fue el vino, ni los platillos -que hacen que nos jactemos de ser sibaritas-, fue el diálogo, fueron la risa, y las ganas de volver…

¿Cómo salvaremos al mundo esta semana?, nos decíamos. Un viernes fueron películas, otro pastel, unos más, los abrazos. Dichosos fueron los viernes en que lo salvamos con las conquistas del pensamiento. Pero no sólo se le salvaba en la charla, me di cuenta que las muestras de heroica humanidad inundaban el globo. Fue ahí que comencé a pensar en la posibilidad de que la humanidad existe porque cuando estamos a punto de echar todo por la borda, un acto de fe o de desinteresado afecto en cualquier parte, basta para que otra noche los puentes, los ríos y los edificios, duerman tranquilos.

Hoy necesitamos salvar el mundo una vez más. Urge, y urge mucho sabernos parte de esta realidad común. Tenemos que recordar que lo hemos logrado antes y nuestra humanidad, el más precioso tesoro que escondemos, es la llave que nos abre al otro. Abrirnos al otro para creer, para sabernos en peligro y darnos fuerza, porque el camino se extiende largo a nuestros pies. Las cifras marcan 1,2 millones de decesos, de pérdidas, de velas que se apagaron y cuya flama no vamos a recuperar, y si no acabamos de creer que estamos en problemas, no va a quedar mundo que salvar.

Que las videollamadas nos den ánimo para el home office, que las cartas, los DMs y la promesa de volver a abrazarnos nos permitan recordar que seguimos aquí. Vamos a hacer el esfuerzo de estar, pero estar en conciencia, para que esta realidad no nos supere.
Vamos a salvar el mundo, vamos a mirarnos.

E-mail: [email protected]