Por Rigoberto Hernández Guevara

En los más recientes días hemos sido testigos en Tamaulipas de un espectáculo que va más allá de lo que en está entidad ha tenido en todos los tiempos en el terreno electoral.

El juego sucesorio comenzó sin árbitro. Por eso algunos aspectos que se sancionan previos durante y después de la jornada electoral concurren con bastante fuerza y estridentismo.

Tamaulipas está vuelto un desorden al no haber reglas y, sujetándose al poder del dinero, los presuntos pre candidatos han hecho lo que quieren con o sin el apoyo oficial, con o sin el debido respeto hacía sus partidos, donde por cierto hacen falta los dirigentes. Dirigencias que lucen acéfalas o sin control político. Es decir : nunca como ahora el dinero es el principal protagonista.

La falta de fiscalización de los recursos que actualmente hacen los candidatos provoca naturales inquietudes acerca de su procedencia. Pronto sin embargo se hará visible alguna contraloría social, anónima acaso, que dé a conocer con claridad de dónde se están sacando tantos recursos para viajar por el estado.

En todo caso, según la percepción de la gente- cada vez más lejana a estos datos- suele ser equivocada o distante, aunque a veces certera.

El transparentar los recursos que se gasta en las campañas políticas en este momento, aunque sea dinero propio resulta benéfico y sano para la competencia. Ocultarlo para la mayoría de los ciudadanos, es sospechoso.

Esto crea incertidumbre hasta en los propios candidatos, pues en cualquier momento son víctimas de un dato falso. Habrá políticos a quienes eso no les interese pero deberían transparentar sus recursos por cuestiones morales y éticas, para que lo sepa el pueblo y sienta confianza para salir a emitir su voto.