Agencias.- El reloj acababa de tocar las ocho de la mañana en un colegio rural de la provincia china de Yunnan un lunes de temperaturas de – 9ºC, cuando apareció por la puerta Wang Fuman, literalmente congelado.

El pelo y las cejas nevadas, las mejillas rojas y las manos arrugadas y heridas por el frío… el niño de tercero de primaria se había helado mientras caminaba el trayecto de 4,5 kilómetros de distancia que lo separan de su casa y que tarda una hora en recorrer.

Las risas de sus compañeros al verle y la mueca que hizo él para seguirles la corriente esconden una realidad nada cómica que, gracias a la fotografía que su profesor compartió de él en Sina Weibo, la red social más popular de China, medio mundo ha podido conocer.

Las manos del niño, resecas y lastimadas por el duro clima

El pequeño Wang, también apodado ‘niño hielo’ por los usuarios de las redes sociales y medios locales, vive con su abuela y su hermana en una casa hecha de barro en Xinjiezhen, una ciudad del condado rural de Ludian, en el sudoeste del país. Su madre les abandonó y su padre, de 28 años, tuvo que dejarlos para ir a trabajar lejos por un salario de 3.000 yuanes (unos 300 euros) al mes. Solo puede visitarlos cada cuatro o cinco meses, aunque trata de llamarles al menos una vez por semana.

Ahora, tras el revuelo y la inesperada fama que ha recibido el chico de la noche a la mañana desde que el pasado lunes se publicara su imagen en la red, el padre ha vuelto a casa para lidiar con los periodistas y filántropos que quieren conocer su historia.

El suyo es el relato compartido por tantos de los conocidos como ‘niños dejados atrás’ (del inglés left behind) que viven en las zonas rurales y cuyos padres no son sus cuidadores porque se vieron obligados a abandonarlos para ir a buscar trabajo en las ciudades.

Es la consecuencia de la industrialización trepidante, salvaje y desigual que vive el gigante asiático de más de un millón de habitantes y que afecta a 61 millones de menores, mientras 247 millones de inmigrantes económicos tienen una edad media de 29,3 años, según datos publicados el 2016 por la agencia estatal National Health and Family Planning Commission y reportados por el South China Morgen Post .

A pesar de la cruda realidad, Wang se esmera cada día para llegar puntual a clase. Es un alumno ejemplar, que el día de la foto acudía a hacer los últimos exámenes finales que le quedaban. Se le dan especialmente bien las matemáticas, tal y como se puede ver en una de las fotos compartidas donde sus enrojecidas manos reposan sobre unos ejercicios puntados con una nota de 99 sobre 100. De mayor, le dijo a los periodistas, quiere ser policía para atrapar a la gente mala.

De momento, su historia ha inspirado la bondad de muchas personas que se han ofrecido a hacer donaciones de ropa y dinero al pequeño y a otros niños que, como él, apenas tienen dinero para comprarse un abrigo adecuado. La familia sobrevive con los 250 euros que les envía su padre y los dos cerdos que cría y cuida el mismo Wang cuando llega del colegio. Pero esta semana la ayuda les tocó de cerca.

El pasado miércoles, según publica People.cn , las autoridades provinciales locales y un fondo de desarrollo juvenil lanzaron un programa para proporcionar ropa de invierno a Wang y a otros niños de la zona. Se han enviado unos 100.000 yuanes (unos 1.200 euros) en donaciones caritativas tanto a su escuela como a otros centros educativos cercanos. Además, la familia se mudará pronto a una nueva casa construida por el gobierno local, que está mucho más cerca del colegio.

Su caso despertó la bondad de miles de personas que ya lo ayudan

Ahora Wang tiene gorro, guantes y una chaqueta nueva para recorrer su largo camino matutino. Un trecho que para él no es difícil de hacer: “Cuando voy a la escuela hace frío, pero no es tan duro”, ya decía antes de recibir la nueva ropa.